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miércoles, 24 de septiembre de 2014

La manada

Desde lo alto del cerro, la manada vigila toda la explanada. Lo tienen todo bajo control: atada y bien atado. Sus miradas vislumbran no solo su ansia de poder -y la seguridad de que lo ostentan-, también la altivez de saberse mejor que ellos, mejor que el resto. Sus afilados colmillos solo tienen ojos para la figura que se yergue, esbelta y vigorosa, sobre sus cabezas, justo delante del grupo, en el punto más alto del valle. La espera resulta exasperante y las fieras empiezan a impacientarse. Entonces, el macho alfa da la orden. Preparados, listos...¡ya! Y la caza comienza sobre el idílico enclave. 

Debajo, el inmenso rebaño se dirige de un lado para otro, realizando las actividades consuetudinarias de su día a día. Cada oveja sabe perfectamente qué es lo que tiene que hacer y lo ejecuta con precisión y esmero. No tienen otra preocupación que su tarea. La minuciosidad con la que cumplen su deber es impactante. Mientras el armónico ritmo de vida del asentamiento prosigue su ritmo, sus miembros se mantienen ajenos a lo que ocurre fuera de su cotidianidad. Ajenos al peligro que se cierne sobre ellos, a los predadores que vienen a depredar su comunidad.


Horas más tarde, donde antes se establecía ese orden homogéneo, uniforme y justo, ya solo se conoce el saqueo, la violencia y el destrozo. El paisaje bucólico, digno de los versos de Garcilaso, ya no respira vida, sino azufre y hollín. Una extraña quietud domina la comarca. Y sobre el cerro, desgastado como una ventana desvencijada, el macho alfa se jacta de su conquista. La calma tensa ha sustituido a la paz social. 

Los lobos conforman una estricta jerarquía social. Se organizan en torno a su líder, a quien deben lealtad y respeto, pero sobre todo se organizan ante ellos mismos, ante la manada. La manada está por encima de sus elementos, por lo que todos se defenderán a todos como si hubieran de defenderse a ellos mismos, si bien, como es obvio, protegerán con más firmeza al jerarca. En cambio, si la presencia en la manada de un integrante representa un peligro para el resto, la manada no dudará en expulsarle. Es la manada o la manada. 

En el mundo rural los lobos también copan el escalafón supremo de la jerarquía animal. Da igual  su incontestable inferioridad numérica. Da igual el modo en qué los demás se organicen. Deberán obedecer a sus preceptos, serán sus normas quienes les rijan. Aun así, no se les asegura la supervivencia. La arbitrariedad forma parte de su mundo, y el castigo podría asignárseles sin haber cometido ninguna infracción.

Escuchando la rueda de prensa de Gallardón, me recuerda a la más sólida de las manadas. El importante lobo la abandona legitimando la función del grupo: si él puede influir negativamente en el resultado de sus conquistas, se hace a un lado. Desde luego, a la manada no le apena su partida. Cuando el miembro se pudre, hay que extirparlo. Jura apoyo eterno al líder, agradece el cariño de lo suyos mientras formó parte de ellos y se culpa de su trágico destino. La estructura sigue en pie.

El encargo para el que se designó a Gallardón era contrario a la opinión pública. La calle era totalmente contraria a la reaccionaria reforma de la ley del aborto. Eso, a los lobos, poco importaba. Ninguna referencia a las ovejas en la rueda de prensa. "Yo soy el que impulsé esta ley, yo debo dimitir". Yo y el partido. El lobo y la manada.

Rajoy y el PP divisan al rebaño desde su atalaya. Se disponen a emprender otra cacería. Olvidan que la espada no solo se cernía sobre la cabeza de Damocles, también sobre la de Dionisio. Olvidan que las ovejas han dejado dejarse esquilar. Olvidan que, tal vez, las ovejas se dejen coleta. 

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