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martes, 11 de noviembre de 2014

Bisturí

En los países islámicos dónde se aplica la ley sharia se mantienen vigentes macabras costumbres jurídicas como la de cortar la mano al autor de un robo. Desde luego, esas normas son, brutales, además de absurdas, desproporcionadas y técnicamente anticuadas, pues, en la mayoría de los casos se emplean instrumentos como hachas o machetes, se deniega atención médica al ladrón y el castigo se efectúa de cara a un público que jalea la tortura sobre el presunto culpable. 

En los países occidentales, en los que presuntamente reina la paz social, la armonía y el civismo, el robo es, probablemente, el delito peor regulado del código penal. En España, la ineficaz diferenciación entre hurto y robo, por ejemplo, apenas sancionaba a quienes sustrajeran bienes de un valor inferior a 400€. Tampoco existen medidas que repriman con la dureza necesaria la sucesión de ese tipo de actos delictivos, con lo que han proliferado en las grandes ciudades los delincuentes con múltiples antecedentes y pequeñas penas que, aprovechándose de la benignidad de nuestro sistema jurídico, viven -literalmente- de mangar todo lo que les viene en gana. 
De manera paradójica, llegan a nuestros oídos condenas ejemplares por afanar simples boberías, como la de Emilia, una joven madre valenciana que ingresó en prisión por gastar 193€ de una tarjeta que encontró para pagar pañales y comida.
La propiedad privada, como ven, se protege de una manera un tanto curiosa en España.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

La manada

Desde lo alto del cerro, la manada vigila toda la explanada. Lo tienen todo bajo control: atada y bien atado. Sus miradas vislumbran no solo su ansia de poder -y la seguridad de que lo ostentan-, también la altivez de saberse mejor que ellos, mejor que el resto. Sus afilados colmillos solo tienen ojos para la figura que se yergue, esbelta y vigorosa, sobre sus cabezas, justo delante del grupo, en el punto más alto del valle. La espera resulta exasperante y las fieras empiezan a impacientarse. Entonces, el macho alfa da la orden. Preparados, listos...¡ya! Y la caza comienza sobre el idílico enclave. 

Debajo, el inmenso rebaño se dirige de un lado para otro, realizando las actividades consuetudinarias de su día a día. Cada oveja sabe perfectamente qué es lo que tiene que hacer y lo ejecuta con precisión y esmero. No tienen otra preocupación que su tarea. La minuciosidad con la que cumplen su deber es impactante. Mientras el armónico ritmo de vida del asentamiento prosigue su ritmo, sus miembros se mantienen ajenos a lo que ocurre fuera de su cotidianidad. Ajenos al peligro que se cierne sobre ellos, a los predadores que vienen a depredar su comunidad.