Plaza Tahrir, El Cairo, 25 de Enero de 2011. Aquella fecha y aquel lugar quedarán para siempre grabados como el principio. El principio del fin. El antiguo régimen liderado con mano firme por Hosni Mubarak comenzaría a tambalearse, al mismo tiempo que los manifestantes de la céntrica plaza capitalina se organizaban de manera que obtendrían una mayor relevancia entre los sectores más moderados de la población, los que, al fin y al cabo, llevarían la revolución al éxito. Apenas tres días después de que se iniciasen las concentraciones, Mubarak, posteriormente derrocado, cortaría el acceso a Internet, dando un motivo más, que acabó resultando el espaldarazo definitivo, a la revuelta de Tahrir.
Una vez caído el tiránico y dictatorial "gobierno" anterior, Egipto se apresuró a adaptarse a los nuevos tiempos. Procuraban que éstos no fueran excesivamente convulsos, como en el caso de algunos de sus países vecinos. Los sectores moderados, aquellos cuya importancia ya hemos nombrado con anterioridad, se creyeron principales y exclusivos artífices de la victoria: ante ellos, el grandioso reto de transitar la próspera nación turística, de un régimen represivo e ilegítimo a una democracia liberal pro-occidental.
La derecha más cercana al régimen anterior se recicló con celeridad, incluyéndose en el "sistema democrático" que se quería instaurar. Así, Ahmed Shafik, ex-ministro de Mubarak, formó parte como candidato en las elecciones a la Cortes Constituyentes, en las que fue la segunda alternativa de voto. Sin embargo, la primera, y quienes, por lo tanto, se proclamaron vencedores fueron los Hermanos Musulmanes. El pueblo egipcio, tras meses de brillante y tenaz lucha había conseguido disponer de la herramienta más poderosa para cambiar el curso de su futuro: el "sufragio universal". No obstante, la malgastaría al no ser capaz de organizarse en torno a un fuerte ala reformista, laico y de izquierdas. Al ser incapaz de atraer a a las masas, éstas se decantaron por el partido islamista Libertad y Justicia, el oportunismo con corán. Tras lustros viviendo en las oscuras tinieblas de la clandestinidad, los Hermanos Musulmanes. se asomaban a la luz para lograr el poder.
Esas masas que eligieron a Mohamed Morsi como capitán de la transición, pronto conocerían el alcance de su decisión. Mientras se esperaba una Constitución que desembocase en grandes cambios en los sistemas sanitario y educativo, una reforma del código penal, la normalización de la situación de la mujer y una mayor transparencia en la gestión de instituciones públicas, el primer ejecutivo electo "democráticamente", se dedicó a proteger el bloque musulmán. La constitución resultó ser una adaptación de la Ley Islámica y colmó la gota del vaso del hartazgo popular. Los sectores tachados de radicales por los medios de comunicación occidentales, escandalizados con la forma en la que se estaba redactando la Carta Magna, abandonaron las sesiones en las que se debatía el contenido de la misma. Las guerras ideológicas y religiosas estallaban en el país. Más disturbios, más violencia policial, más posiciones no encontradas, más sesiones parlamentarias convulsas, más denuncias de corrupción, más decisiones de dudoso talante democrático. Egipto se desmoronaba por momentos.
Ahora tras medio año de duros desacuerdos, Egipto se desayuna con dos bandos enfrentados, un golpe de estado que ha retirado a Morsi del poder, un ejército que, aunque parecía el único capaz de mantener el control no consigue el consenso entre la población y un montón de musulmanes en pie de guerra por la encarcelación del ex-presidente, de su presidente. Además, en este inmenso tablero de ajedrez, las grandes compañías multinacionales y los medios de masas juegan su partida, pues les interesa que los conflictos derivados de la Primavera árabe se alarguen. Y es que, a pesar de que la moralidad de sus acciones esté en tela de juicio, estos enfrentamientos suponen una ingente cantidad de beneficios económicos, tanto para los medios informativos, como para las empresas armamentísticas y de seguridad. No en vano, potencias como E.E.U.U., Francia, Alemania, Rusia o Gran Bretaña están maximizando sus ganancias a causa de cruentos beneficios como el que nos acomete. Incluso España, al menos en el caso de la revolución egipcia, ha logrado jugosos ingresos con la venta de armas. De ahí que, por mucho que los discursos suenen agresivo e intransigentes, su actuación en la zona es, hasta ahora, inexistente. Es más, la opción de una posible intervención de la OTAN se considera remota en estos momentos. Ni siquiera la posibilidad de que el precio del crudo pueda inflacionarse debido a la dificultad de transportar el petróleo por el Canal de Suez haría cambiar de opinión en el seno de la organización militar.
Ahora tras medio año de duros desacuerdos, Egipto se desayuna con dos bandos enfrentados, un golpe de estado que ha retirado a Morsi del poder, un ejército que, aunque parecía el único capaz de mantener el control no consigue el consenso entre la población y un montón de musulmanes en pie de guerra por la encarcelación del ex-presidente, de su presidente. Además, en este inmenso tablero de ajedrez, las grandes compañías multinacionales y los medios de masas juegan su partida, pues les interesa que los conflictos derivados de la Primavera árabe se alarguen. Y es que, a pesar de que la moralidad de sus acciones esté en tela de juicio, estos enfrentamientos suponen una ingente cantidad de beneficios económicos, tanto para los medios informativos, como para las empresas armamentísticas y de seguridad. No en vano, potencias como E.E.U.U., Francia, Alemania, Rusia o Gran Bretaña están maximizando sus ganancias a causa de cruentos beneficios como el que nos acomete. Incluso España, al menos en el caso de la revolución egipcia, ha logrado jugosos ingresos con la venta de armas. De ahí que, por mucho que los discursos suenen agresivo e intransigentes, su actuación en la zona es, hasta ahora, inexistente. Es más, la opción de una posible intervención de la OTAN se considera remota en estos momentos. Ni siquiera la posibilidad de que el precio del crudo pueda inflacionarse debido a la dificultad de transportar el petróleo por el Canal de Suez haría cambiar de opinión en el seno de la organización militar.
En fin, volvemos a lo de siempre. Al igual que la burguesía durante las revoluciones europeas de los siglos XVII y XVIII, las clases medias más acomodadas se adueñaron de una revolución cuyo peso sustentaron las clases más bajas. Aquellas que derramaron su sangre para garantizar un futuro mejor para sus hijos, ven como han mancillado vilmente y sin pudor sus cadáveres. Corrompidos por el aura de gloria que envuelve el poder e impulsados por los intereses de los poderes fácticos occidentales, todos los estamentos de la sociedad egipcia se han prostituido. Y lo peor, han prostituido un esperanzador proceso que ha tenido un elevadísimo coste en vidas humanas inocentes.
P.D.: Que conste que desde Europa y Norteamérica se está siendo realmente benévolo con ellos. En las Ramblas de Barcelona, por ejemplo, a las mujeres que desarrollan esa "indigna" actividad se les multa sin tener en cuenta que están siendo explotadas y que se ven avocadas a realizar tales actos, ya sea por coacción o por falta de recursos. Por lo menos los egipcios se ahorran ese pellizquito. Lejos de Oriente, el afán recaudador siempre prima por encima de otros intereses.
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