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viernes, 14 de marzo de 2014

Sic semper tyrannis

Si les digo Charles Louis de Secondat, probablemente les suene a chino. Bueno, a francés. Caerán en la cuenta de quien es cuando revele su identidad pública, la de Barón de Montesquieu. Aquel famoso bordelés cercano al ideal empirista de John Locke fue el primero en poner voz, y pluma, a la separación de poderes que, pese a que damos por descontada, tanta sangre, tantas decepciones y tanta brega ha costado conseguir.


Montesquieu era un tipo listo. Un ilustrado. Un claro referente del "todo por el pueblo, pero sin el pueblo". Un bravo defensor del liberalismo que, no obstante, se afanó también por formar parte de la aristocracia francesa anterior a la Revolución. Como el resto de intelectuales de la Ilustración, su premisa era clara: somos los referentes, la crème de la crème y, por muchas Cartas Persas que escriba, la oligarquía de una sociedad estamental; por qué, entonces, cambiarla?

Jamás entraré a cuestionar sus ideas. Es más, han sido, a buen seguro, la mayor aportación del siglo XVII a nuestros días. Todas las Constituciones, en Occidente y en Oriente, han de señalar, de manera implícita o explícita, la separación de poderes que nació de aquel cálamo, ofrenda de la mismísima musa del Derecho. Nadie pondría en tela de juicio una hazaña como la publicación de "El espíritu de las leyes", de hecho, no podría. Lo que sí se nos permite en el siglo XXI es reclamar efemérides donde no las hubo, vencer batallas que se perdieron, revivir a héroes caídos, imaginar ucronías, cambiar el devenir de nuestro pasado y con él, el rumbo del futuro. Defecar sobre la historia, hablando en plata. Censurar la inflexibilidad sectaria de aquellos que dirigieron a la masa sin consultarla. Xenofobia local, hacia el pueblo. La Ilustración fue un oxímoron de los pies a la cabeza.

Según la RAE "ilustrar" significa "instruir, civilizar". Durante la Ilustración nunca se instruyó al pueblo llano, ése que languidecía entre hoces y guadañas, que aplicadas a la guillotina medio siglo después, sirvieron para cambiar el curso de la historia. Pero no nos desviemos del tema. La educación, la instrucción, la ilustración es la representación exacta de una sociedad no estamental, que permite que sus componentes lleguen tan arriba como su capacidad y su esfuerzo les lleven. La educación simboliza el dinamismo de una población. La educación marca el salto de la figuración a la realidad, del sueño al desengaño, con todas las connotaciones negativas que éste tiene en nuestra lengua.

Si algo podemos demandar al siglo de las luces es el no haber innovado ni evolucionado en términos sociales, es decir, haber amparado un sistema estamental donde solo la acomodaticia burguesía podía emprender la vereda de la episteme. Episteme equivale a conocimiento, conocimiento a educación y educación a igualdad social. La Ilustración no equivalió a ninguno de esos vocablos.

Han pasado cuatro siglos desde entonces y el método, la idea, el miedo cerval a ilustrar a la plebe sigue latente en cualquiera de los cuatro puntos de este cuadrado. Y es que, cómo sabríamos que la tierra es redonda sin Pitágoras, Aristóteles o Ptolomeo? ¿Sin Martin Behaim y el Erdapfel1? ¿Sin Magallanes, Elcano y el "Primus circumdedisti me"?

Creo sinceramente que el idioma tiene parte de culpa en este embrollo. El castellano, tan copioso y opíparo como ambiguo, utiliza el mismo término para dos definiciones tan diversas. Vuelta a la RAE. "Educación" puede referirse a la "instrucción por medio de la acción docente""crianza, enseñanza y doctrina que se da a los jóvenes y a los niños" o "cortesía, urbanidad". Un solo significante para tres significados opuestos, incompatibles.

La educación como vía hacia el conocimiento jamás traerá consigo la educación como sinónimo de buenos modales. Son significados enfrentados en una misma palabra, enemigos que se retan a duelo, un sistema inmunológico que ataca a su propio organismo. El saber se caracteriza por vanguardista y rompedor, si bien no es una de sus características inherentes. Dicho de otro modo, el saber nos empuja a romper, a ser transgresores, inconformistas, revolucionarios. El saber supone avanzar en el tiempo. Así mismo, conlleva no coincidir con el orden actual de las cosas, ser descortés, falto de tacto. Implica ser irrespetuoso con las costumbres, con el tiempo, con tu tiempo. William Shakespeare, Denis Diderot, Albert Camus. Socrátes, Martin Heidegger, Ortega y Gasset. Alejandro Magno, Napoleón, William Wallace. Mozart, Robert Wagner, Goethe. Francisco de Goya, Salvador Dalí, Pablo Picasso. Elvis Presley, Kurt Cobain, Bruce Springsteen. Lubitsch, Fellini, Spielberg. Todos los genios despiertan a la vez admiración y polémica. Son venerados e injuriados, admirados y repudiados. 

La educación es el camino hacia la gloria, hacia el saber, pero, sobre todo, es el camino hacia la justicia social. Del mismo modo que la dialéctica platónica es una escalera para el conocimiento, la educación lo es para un sistema utópico de equidad. Cuantos menos peldaños le pongamos, mejor. Cuanta menos gentileza le pongamos, mejor. El respeto y la educación no concuerdan con las maneras, con la finura, con esa corrección agotadora, eufemística e hipócrita. Así, quienes denegaron el saludo Wert estaban bien educados, sin ninguna duda. Lo seguirían estando si hubieran estampado en su cráneo un calibre 41 al grito de "Sic semper tyrannis". Todos los genios despiertan a la vez admiración y polémica.

Y John Wilkes Booth3 no era un genio, pero tampoco lo es José Ignacio Wert.

NOTAS:
1-El Erdapfel es el globo terráqueo más antiguo que se conoce y data de 1492. Martin Behaim o "Martín de Bohemia" fue su creador.
2-Después de atracar en Sevilla en 1522, tras concluir su circunnavegación, el monarca Carlos I de España concedió a Juan Sebastián Elcano un escudo de armas con la inscripción heráldica "Primus circumdedisti me", esto es, "el primero que me circundó".
3-John Wilkes Booth: célebre actor estadounidense, partidario de la causa confederada o esclavista durante la Guerra de Secesión, pasó a los anales de la historia al ser el primer magnicida norteamericano después de asesinar al primer presidente republicano, Abraham Lincoln.

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