No se sabe exactamente qué día nació Heliodoro Villar. Jamás lo reveló, ni tampoco su familia. Ni siquiera se conoce la fecha de su muerte. Lo único cierto es que vino al mundo en 1914 y lo dejó en 2006, casi un siglo después. Muchos lustros entre bípedos desagradecidos, que diría Dostoievski, y a los que Cervantes, aunque murió de viejo, no acabo de comprender, por ser cada individuo una variedad de su especie.1
La memoria de Heliodoro empieza en 1936, en la minúscula pedanía de Villafer, al sur de la provincia de León. Tenía 22 años en el momento que se produjo el "Glorioso Alzamiento", tristemente infernal. Reflejo de humildad, vivía de su trabajo en el campo y como obrero en obras públicas. Soñaba con mejorar, con prosperar, con un futuro socialmente ecuánime. Estaba afiliado a las Juventudes Socialistas y a una sociedad de trabajadores de la tierra adscrita a UGT. Tras la victoria del Frente Popular, su organización sindical había logrado repartir durante el verano sesenta días de faena entre todos los habitantes del pueblo. Mala suerte. Jamás llegó a labrar.
La ubicación geográfica no le ayudó. A apenas once kilómetros, separados hoy por la carretera provincial LE-511, se encontraba un municipio mucho mayor, Valderas, entre cuyas gentes se habían enraizado las ideas fascistas. De hecho, durante la Guerra Civil, ciento doce personas fueron asesinadas en una población que escasamente superaba las mil quinientas.
Tras el estallido de la contienda, pistoleros falangistas de Valderas acudieron a Villafer en busca de Heliodoro. No pudieron encontrarle. Nuestro protagonista durmió en casas de otros paisanos, e incluso tuvo que pasar varias noches a la intemperie, pernoctando al raso en las tierras que en otro tiempo hubiera arado. Finalmente, un nefasto 16 de agosto fue hecho prisionero por los milicianos falangistas. No obstante, quienes lo atraparon fueron sus propios coterráneos que lo entregaron a los anteriores. Era la época del miedo, del silencio, de las violaciones, de las ejecuciones. Era la época del terror.
Durante tres días sufrió torturas y vejaciones, golpes y horrores, la ignominia y el oprobio. Apaleado por los nacionales, que se excusaban en un supuesto interrogatorio acerca de una inexistente lista de objetivos del bando sublevado, y envenenado con ricino, todos, hasta él mismo, sabían de su trágico destino. El barbero de la localidad se ofreció a degollarle mientras le afeitaba para que no sufriese más. Su madre lo animó a tirarse al río. Estaba en manos de bárbaros despiadados, animales inmisericordes cuyo único propósito era sembrar de pánico, sangre y póstumo dolor los campos leoneses.
Llegó el crepúsculo. La decisión se había tomado y la suerte estaba echada. Esta vez, tampoco le sonreía. Lo iban a matar.
Cruel y escueto. Un balazo y al piso. Al otro barrio. Atrás el horizonte, la libertad; adelante sus verdugos, la muerte. Lo iban a matar.
En cuanto las últimas luces se extinguieron, el paseo se inició. Siete hombres, ocho contando al reo, dirigiéndose a oscuras hacia la vía del tren que unía las poblaciones de Valderas y Villanueva del Campo. Uno de ellos se le acercó lentamente y le susurró al oído: "Lo siento, no puedo evitarlo. Te matan". Acto seguido llegaron los disparos. Tres. Uno solo le rozó el cuello. Otro le impactó en el codo. El tercero...
Díjese Freud lo que dijera, no hay impulso del vigor del instinto de supervivencia. Ése que una madre siempre sentirá por su hijo, ése que un hijo siempre sentirá por una madre. Pero, no vamos a reducir este testimonio que es la atrocidad personificada en unos bellacos misántropos, a una égloga garcilasista madre e hijo, en lugar de pastor a pastor.
El caso es que, mera coincidencia, caprichoso juego de azar o bella y desprendida filantropía, las últimas palabras de Heliodoro Villar, el epitafio de una vida dura y fugaz, fueron "¡Ay, madre mía!". La boca se le hinchó al articular aquel epitafio salvador. La bala, la única certera, atravesó los dos carrillos y salio sin rozar las muelas. La abundante sangre que emanaba de la herida despistó a los falangistas.
Su madre le salvó del obituario. Bueno, a decir verdad, de la vía, pues el párroco de Villafer no se dignó a auxiliarlo cuando rogó su ayuda después del fusilamiento y encharcado en muerte.
Tres balas no pudieron ajusticiarlo. Aquello no era Justicia. Plomo a quemarropa y verdugos emperifollados con esclavas de oro, dijes de la virgen y más alhajas con efigies de Jesucristo compartiendo carne con las de José Antonio Primo de Rivera. Una chabacanería propia del cine español, puramente española. Así se protegía la iglesia de los pobres, convirtiendo los bucólicos paisajes castellanos -donde residían los pobres- en carnicerías en sacrificio antropófago a Dios, a su Dios.
El mismo día que una ráfaga de proyectiles caía sobre el indefenso Heliodoro Villar, se rompía otro pedazo de la Humanidad. Vinimos a la tierra a matarnos, a comernos los unos a los otros. Sálvese quien pueda. Genocidio y canibalismo. Algún sádico enfermo, algún desequilibrado mental, algún inclemente criminal quiso que al hombre al que dieron por muerto se lo llevaran, ya recuperado de sus heridas, a combatir contra los enemigos de Dios y de la Patria. Después de fusilarlo, de dejar una camisa blanca y un reguero de sangre bajo el manto de la luna, de intentar volver a matarlo una segunda vez, Heliodoro Villar Blanco se vio obligado, él tambien, a matar. En 1937, fue llamado a tropas, y participó en las cruzadas contra la Justicia que en nombre de Dios y de la Patria sembraron de cadáveres los campos españoles.
El mismo día, otra ráfaga de proyectiles caía en el barranco de Víznar sobre nuestro insigne poeta Federico García Lorca. Y es que lo que aquí aconteció no fue un hecho aislado, por lo que éste no es un relato aislado, sino un ejemplo más de la represión, sistemática, enfermiza e imperdonable que acabó con cientos de miles de rojos, amarillos, morados, azules, negros, blancos, humanos.
Y hoy, cuando Adolfo Suárez está a punto de estirar la pata, a punto de pisar ese barrio sagrado por el que se inició la guerra más sádica e inexcusable que ha asolado este país, brindamos a nuestros muertos un cachito de memoria. Porque ellos yacen en cuentas, en barrancos, en vías de tren o en lóbregas fosas comunes, mientras que los que aniquilaron un régimen legitimado democráticamente lo hacen en el Valle de los Caídos. Porque de la más vil perfidia jamás podremos transitar hacia una democracia.
-¿Cómo fue?
-Una grieta en la mejilla
¡Eso es todo!
Uña que aprieta el tallo.
Un alfiler que bucea
hasta encontrar las raicillas del grito.
Y el mar deja de moverse.
-¿Cómo fue?
-Así.
-Déjame. ¿De esa manera?
-Sí.
El corazón salió solo.
-¡Ay, ay, de mí!2
¡Ay, madre mía! De la más vil perfidia jamás podremos transitar con una grieta en la mejilla.
NOTAS:
1-Se refiere a dos citas de los mencionados maestros de la literatura. En su obra, Memorias del subsuelo, Dostoievski escribió: "Soy fenomenalmente desagradecido. Incluso creo que ésa es la mejor descripción del hombre: un bípedo desagradecido." Por su parte, el genio de Alcalá de Henares dejó para el recuerdo aquella fastuosa cita: "Me moriré de viejo y no acabaré de comprender al animal bípedo que llaman hombre, cada individuo es una variedad de su especie."
2-Como si de una muerte prevista se tratara, el granadino García Lorca dejó escrito este severo poema, cuya dureza desgarra los mofletes del lector. Asesinato, se titula. Está integrado en la sublime obra "Poeta en Nueva York".
Mosca cojonera en la red, mosca polémica. Dijo Baroja, "el nacionalismo se cura viajando y el carlismo leyendo". Desde qué lo escuché, viajo y leo. Lo llaman democracia y no lo es. Los artículos no están completos. Si están interesados en alguno, hagan clic en la pestaña "seguir leyendo". Así, me harán el favor de poder contabilizar las visitas en cada entrada.
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