El siglo XX, en particular la segunda mitad -tras el final de la gran guerra-, supuso el espaldarazo definitivo a la democracia. La expansión de la mundialización, con su consiguiente aderezo de reconversiones industriales y deslocalizaciones, y el clímax que alcanzó el capitalismo postmoderno basado en la especulación bursátil contentaron a unas sociedades que se han caracterizado por: a) convivir en paz durante un largo periodo de tiempo, algo que no se había dado nunca antes en la historia y b) una alienación social de la que ya avisó Karl Marx doscientos años atrás. Maticemos este último punto: el hombre del siglo XXI es, desde luego, quien más acceso ha tenido a la información y al saber en todos los campos, ora científicos, ora humanísticos, ora sociales. Sin embargo, continúa partiendo de un desconocimiento absoluto, como se refleja en la extrañeza que representa un mundo que no comprende. De ese modo, se le priva parcialmente de ser dueño de sí mismo, o sea, de la autodeterminación que tan de moda está con el lío éste del debate secesionista.
El término democracia procede de la Grecia Clásica y es el resultado de la composición de las palabras "demos" y "krátos", es decir, "pueblo" y "poder". Por lo tanto, su traducción literaria significa "poder del pueblo", o en este caso, "forma de gobierno en la que el poder reside en el pueblo". Aun así, cabe decir que "demos" también está formada por la fusión de otros dos vocablos, lo que nos lleva a una complejidad casi irrelevante. Casi. Tal y como el célebre historiador Plutarco reveló, "demos" era un neologismo formado por la derivación de los términos "demiurgi" y "geomori". Resulta que, y he aquí el quid de la cuestión, el mítico monarca ateniense Teseo dividió en tres grupos a una parte de la población ya dividida en tres grupos anteriormente: los hombres libres, las mujeres y los esclavos. Pues bien, la nueva segregación diferenció dentro de la población libre a eupátridas (nobles), demiurgos (artesanos) y geomoros (campesinos). En oposición a la nobleza, esos dos estamentos se unieron creando el demos que representa al pueblo. Por ende, la alta burguesía y la nobleza quedarían fuera de ese poder popular.
La vetusta democracia, matusalén del vocabulario que va camino de soplar las velas por vez número dos mil quinientas, es el vocablo más veces tergiversado, o mejor dicho, malversado, de cuantos sobreviven en nuestra lengua. Todos los poderes fácticos de todas las épocas conocidas, han utilizado esta dichosa etiqueta como método de sugestión política, denominación de origen de la esclavitud absoluta, liberal o contemporánea. Desde la Atenas socrática, platónica y aristotélica, en la que solo los ciudadanos de pura raza tenían voz -y voto- en el ágora, hasta las monarquías absolutistas de la Ilustración, "todo para el pueblo, pero sin el pueblo". Fueron demócratas los Estados Unidos que celebraron su independencia colonizando territorios en la "Conquista del Oeste" y las pseudo-potencias que permitieron a Hitler anexionar hasta el oxígeno francés y británico y reconocieron a Franco como legítimo gobernador de España. Pero la palma se la lleva la Alemania separada de manera salomónica tras la guerra del 39. Por un lado, la "Alemania Democrática", la del Cominforn, es decir, que estaba regida democráticamente por Stalin. Por otro, la "República Federal", occidentalizada, reconstruida y, por supuesto, muy democrática ella. Alemania era tan democrática, que estaba dividida por un telón de acero.
En cambio, hay un apartado en el que la democracia sí que abrió camino. Un apartado en el que ha dejado huella y, por consiguiente, pasará a los anales de la historia. "El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo" -cita de Abraham Lincoln, quien abolió la esclavitud latente; la esclavitud visible- ha conseguido que por fin la cultura sea del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Nos ha otorgado los mecanismos para conocer la cultura, comprender la cultura, ser dueños de la cultura, determinar acerca de la cultura. Por primera vez en la historia, hemos dejado de ser simples siervos sin acceso a la misma.
No obstante, el desarrollo de Internet, el gran invento del siglo con el que he empezado éste artículo, ha incrementado exponencialmente dicho acceso. Con una plataforma global que es fortaleza de pérfidos villanos y tiranos, la democratización de la cultura ha alcanzado cotas límite. Es decir, se ha pasado de una democracia representativa, a otra totalmente líquida.
Claro, no todo iba a ser color de rosa, y menos mal, pues no hemos invitado a Rosa Díez a pasarse por el blog. La democracia siempre ha tenido enemigos poderosos, malos malísimos con ideas satánicas de demonizar tan perfecto y pulcro sistema ordenado de organización, valga la redundancia. Primero fueron los espartanos, que ahora el cine democrático glorifica en sus películas. Después vinieron los liberales con la revolución industrial. Más tarde los socialistas y los comunistas y los anarquistas y todos esos rojos de mierda que se consideren lo que se consideren no son más que fascistas. Ah, mira, otros enemigos de la sagrada democracia. Malditos fascistas, digo bastardos.
El caso es que los creadores, los culturetas, que no culturistas, esos tíos tan cultos que hacen cultura, se quejan de que llega gratis al usuario. Los genios no toleran que sean usuarios en vez de consumidores, y reclaman su parte del pastel. Al oler carroña, todo cristo se apunta al festín. Las editoriales, productoras, discográficas y demás compañías a las que joden el cotarro. Los intectuales que anteriormente hicieron cultura, aprovechan el desaguisado para compadecerse de sus colegas y así volver a hacer cultura otra vez denunciado la democracia de la cultura. Los gobiernos democráticos, metidos en todas las salsas, que ven como disminuye por los impuestos el oro, la plata y el cobre del bote del que chupan.
Me jode esa puñetera falacia de que el "artista tiene que vivir de algo". Como si por una pequeña reducción de ventas se fuese a quedar sin casa, hipotecado de por vida y durmiendo en los cajeros del banco que les ha quitado el piso. Los intelectuales son seres mitad hipocresía mitad lucidez. Abotargan al lector-espectador-oyente de propaganda de paz, igualdad y fraternidad; denuncian las injusticias que ocurren a diario, o bien el esguince de tobillo de una mariposa, o bien la malnutrición que hará perecer a millones de niños africanos; se enemistan con el mundo por su inacción ante el cambio climático y profesan un sentimiento irracional de pasión por la lengua, convirtiéndose en una especie de templarios del lenguaje. La Segunda República era maravillosa, sobre todo porque el Ministerio de Instrucción Pública dedicó parte de su presupuesto a propagar la cultura por el mundo rural, pero no tuvieron cojones a defenderla como es debido, exceptuando a Miguel Hernández. Y los intelectuales de ahora, tan democráticos como los republicanos de postal de entonces, se inquinan con el personal por invadir su cortijo cultural. Por ello debemos dar las gracias al pérfido villano, al pérfido tirano. Han democratizado tanto la cultura, que ahora hasta yo mismo escribo.
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