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viernes, 28 de febrero de 2014

El Palacio de los Leones

En domingo noche, el prime time de La Sexta está reservado para Jordi Évole. El Follonero es, por la constancia de su programa -Salvados cumplirá su sexta temporada en antena- y su estilo periodístico, la estrella de la cadena más alineada a la izquierda en estos tiempos. Todo lo que pasa por la labia de Évole se convierte, al instante, en un éxito de audiencia. El genio de la lámpara. 


Pocos periodistas dominan los espacios de la pantalla como él. Lo remata con una facundia voluptuosa y una retórica con la que pone en apuros hasta a los políticos más versados en dicho arte. Tal es la notoriedad que ha alcanzado que esta semana se atrevió con un "experimento televisivo" de lo menos arriesgado, si es que se trata de pelear el share. Y es que, en un gesto que pone en tela de juicio su talante periodístico, se hizo valer de la censura que los poderes fácticos tratan de aplicar a cualquier programa disonante, como si de soflamas militares se trataran. Una táctica especialmente innoble cuando incluso han intentado acabar con su compañero Wyoming. 

El caso es que el nuevo astro mediático del periodismo progre se echó un órdago en pleno horario central. "Operación palace" fue un triple en el último segundo. Évole arriesgó con un formato poco original, una copia de bazar de la Guerra de los Mundos. A Orson Welles, todo un maestro de la dirección, se lo comió el olvido, y solo en Europa pudo encontrar algo de reconocimiento a su osado talento. 

El documental del domingo, si bien sirvió como advertencia sobre las estrategias "comunicativas" de los medios, dejó demasiados frentes abiertos. Las heridas que abrió, como el debate de la monarquía o la verdad de lo acaecido el 23-F, quedaron sin cerrar como lo han estado siempre. "Verba volant, scripta manent" dijo Cayo Tito. Tomemos entonces su testigo, puesto que lo escrito permanece indeleble.

Ningún país europeo, americano, asiático o africano; occidental u oriental; mundano o extraterrestre ha descuidado tan metódicamente la memoria histórica como España. En lo que se refiere a las cicatrices del pasado, las hemos medido con escuadra, cartabón y precisión milimétrica: sabemos exactamente cuánta sal debemos aplicar en cada una.

Existe una jerarquía clara y bien definida. Todos sabemos diferenciar entre vencedores y vencidos, entre ganadores y perdedores, entre verdugos y fusilados. Hay monumentos que homenajean a combatientes fascistas italianos. Se permite que cincuenta descerebrados entonen el "Cara al sol" una gélida madrugada madrileña, y se responde con hostias a los perroflautas que sí se apalancan en Sol. El Ayuntamiento de Vinuesa se digna a mantener un heraldo con el yugo y las flechas y la España una, grande y libre. Alcocero es de Mola desde que su avión se estrelló en el monte de la Brújula. En A Coruña, Sanjurjo aún mantiene una céntrica avenida. Hasta Primo de Rivera rivaliza con otros golpistas por calles y plazas. Sin embargo, es Franco, sin duda, quien goza de ventaja con respecto al resto de militares. Nueve pueblos mantienen la distinción del Caudillo, ya sea en Zamora o en Toledo, en Salamanca o en Córdoba, en Cádiz o en Zaragoza. Incluso, la Comunidad de Madrid, en pleno 2011, se gastó 450.000€ en rehabilitar la Plaza del Generalísimo en Pelayos de la Presa. Pero la palma se la lleva Ourense, donde el colegio público de educación infantil y primaria Francisco Franco se encuentra en la avenida Carrero Blanco. El Valle de los Caídos da para tanto que lo dejamos para otra ocasión.

¿Se imaginan, acaso, una talla de veinte metros de altura homenajeando a Hitler en pleno Berlín, o Münich, o Bonn? ¿O una calle en nombre de Goebbels, Speer, Himmler, Göring o Bormann en Stuttgart, Colonia o Hamburgo? ¿O que no se estudiara en profundidad el nazismo en las escuelas germanas?

A diferencia de otras naciones que han vivido el lastre de los regímenes autoritarios -ya fueran fascistas, nacionalsocialistas, nacionalcatólicos o hijos de puta a secas- en España se mantiene el secretismo, ese tupido halo de misterio que cubre de impunidad los atroces crímenes cometidos durante el franquismo. Y la memoria de esos años negros no solo se preserva -diría que hasta se glorifica- en escudos y denominaciones. Ahí siguen las cunetas convertidas en fosas comunes, muy pocas de ellas exhumadas. Ahí siguen copando el poder los cachorros de la camada franquista. Ahí sigue la Constitución de la que fue padre e ideólogo Manuel Fraga, tanto como el Partido Popular. Ahí siguen cubriéndose de polvo los libros sobre la Guerra Civil. Ahí sigue la dura posguerra, que no se enseña en las aulas hasta el bachillerato -educación no obligatoria-. 

Todo ello también es aplicable al 23-F. Las causas, las consecuencias y lo que ocurrió realmente continuan siendo un enigma. Los textos arcanos que contienen esa información no verán la luz, por lo menos, hasta 2031, es decir, estarán clasificados como mínimo durante 50 años. Y mientras tanto, al ejecutor, al golpista reincidente que se sacó de la cárcel tras haber cumplido solo media condena, el Estado le paga la pensión completa. O lo que es lo mismo, todos los españoles mantienen la acomodada vida de Tejero en tierras malagueñas como devolución del servicio prestado por la patria. 

Lo acontecido en 1981 es el claro ejemplo de lo útil que puede resultar la memoria histórica como instrumento político. Cuando no interesa, un silencio hermético y una inacción vergonzosa responden al deseo de justicia de la población. Por el contrario, a veces sí que conviene retornar a los anales de la historia. Exaltar nuestro pasado para amansar a las fieras del presente. Cabe recordar que entre tanta simbología franquista se esconden igualmente estatuas que conmemoran a Daoíz y Velarde. En el Congreso, sin ir más lejos, se los rememora en forma de bestias cuadrúpedas. Y es que tantos años después, del mismo modo que Antonio Tejero no pudo, la democracia tampoco ha conseguido domesticar el Palacio de los Leones.

P.D.: Dice uno de los mejores rockeros de nuestro tiempo, de habla hispana él, Andrés Calamaro, con la elocuencia que acostumbra, en su canción "El palacio de las flores", algo revelador: 'cuidado con las palabras que terminan por "-ina",  yo también quiero mucho Argentina, aunque nadie me preguntó si en Argentina quería nacer, donde el que no come se deja comer. La turrada que nunca termina, "-ina", guillotina, anfetamina y alquitrán. Cómo nos dan, cómo nos dan en Argentina.'
Desde luego que las letras del maestro Calamaro son aplicables al caso español, tanto como el 'Me duele España' de Unamuno o el 'España, donde todo nace muerto, vive muerto y muere muerto' de Cernuda. Nunca se fíen entonces, de las palabras que terminan con "-aña": alimaña, artimaña, calaña, patraña; España.

NOTAS:
1-Por si quieren consultar algún otro vil e indigno "homenaje" a la causa franquista que todavía perdura, les recomiendo visitar la web Mapa de la Memoria: http://www.mapadelamemoria.com/

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