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sábado, 15 de febrero de 2014

Blanco y negro

El pasado jueves 6 de febrero, se calcula que 14 inmigrantes -ni siquiera se conoce la cantidad exacta, pues la mar sigue escupiendo cuerpos sobre las playas ceutíes- perecieron al intentar cruzar la frontera del Tarajal y penetrar en España. En el día de ayer, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado "tuvieron que" cerrar el puesto fronterizo de Beni Enzar, el principal de los que unen Melilla con Marruecos, ante el intento de decenas de inmigrantes sirios de entrar en la ciudad autónoma. Sirios desplazados por una guerra que Occidente fomenta y contribuye a su prolongación. Además de los oscuros negocios con ambos bandos, su participación se ha limitado a la destrucción de las armas químicas, no "proceso de paz" como ciertos medios han querido que se le denomine. Es decir, a la reducción armamentística de un potencial enemigo del orden internacional establecido, al mismo tiempo que copan primeras planas por su desinteresada cooperación en el conflicto bélico, como si de los Aliados confrontados con las Potencias del Eje se tratase. O lo que es lo mismo, a matar dos pájaros de un tiro.


Dejando Siria a un lado, solo apetece despotricar contra una realidad más letal que el gas sarin. Sobre la que todo el mundo se posiciona, pero nadie concuerda en proponer una solución. Ceuta o Melilla, ingrato símbolo de la historia patria del siglo XX, son justamente, el último reflejo del imperialismo español. Por lo que, no extraña que lo que en el agua cristalina se vislumbre sean picoletos utilizando material antidisturbios -ese eufemismo de mortífero armamento reaccionario- contra subsaharianos que intentan cruzar un espigón réprobo al que todavía quedan muchas desgracias de las que ser testigo. La Guardia Civil es un cuerpo represivo, una invención del moderantismo liberal, anteriormente absolutismo, que aún impera en España. En su evolución ha sido siempre una fiel herramienta de ese poder sombrío y frío, desde su creación hasta el día de hoy, desde el Duque de Ahumada hasta Juan Carlos I. Sus sublevaciones, sus rebeliones, fueron actos perpetrados para instaurar regímenes autoritarios, dictatoriales y jerarquizados, ya sean triunfales -Manuel Pavía, 03-01-1874- o fracasos -Antonio Tejero, 23-02-1981-. Ahora, sin carlismo ni terrorismo al que hacer frente, la Benemérita se dedica a hacer honor a las tablillas de los cuarteles. Todo por la patria. Y en esta patria, que no entren negros. 

Duele que las arcas públicas mantengan a tipos como Arsenio Fernández de Mesa, que se querellará contra quienes "han calumniado al cuerpo". El director general de un organismo estatal de seguridad pública denunciando que se enseñe la verdad a los contribuyentes que lo financian. De ese mismo arca -el del tesoro cuando se trata de asuntos de "defensa", el de la vacuidad cuando se trata de cuestiones sociales- come la familia de Javier Imbroda, presidente del PP de Melilla. Se nota. Si tuviesen que acudir a la beneficencia para poder llevarse algo a la boca, tal vez no diría eso de "ya está bien de aguantar los ataques de las pseudo-ONG". Solo le faltó añadir que los pérfidos atacantes tan solo grabaron lo acontecido y lo difundieron, sin retocarlo ni comentarlo, y que los escraches son nazismo, pero no asesinar a inmigrantes a la orilla del mar. 

Con todo esto, les proponemos una reflexión de la que ya se hicieron eco nuestros seguidores en twitter. ¿Qué trato deberían darles las Fuerzas de Seguridad extranjeras a los españoles que tengan que emigrar, visto lo visto, en un futuro próximo? ¿Y que haría el Gobierno de producirse esta situación con ciudadanos españoles como fatídicos protagonistas? 
Imagínense que la UE no existiese, que lo de Lampedusa o Tarajal ocurriera en las costas inglesas. Imagínense una barca pesquera naufragada, algunos de los nuestros pidiendo auxilio porque no saben nadar y otros, los que alcanzan la arena, siendo molidos a palos por la guardia costera. Imagínense después al señor Rajoy, tembloroso perdido, teniendo que salir a rueda de prensa a declararle la guerra a Cameron. Imagínense al pueblo de la precariedad, los próximos en exiliarse, convertido en una jauría defensora del orgullo español y a algún picolo convertido en el adalid de toda esa horda, como si hubiera heredado el espíritu de Daoíz y Velarde. Imagínense que de repente llega la hora de la siesta, el barullo se acaba y Cameron se toma el té tan tranquilo, sin ni siquiera tener que mandar los buques de guerra a Gibraltar. Los muertos seguirán muertos.
Durante la siesta nadie soñará con que decenas de inmigrados -que no inmigrantes- yacen en el fondo del mar. Después, la memoria histórica será un borroso recuerdo en el horizonte del océano. Incluso preferirán reclamar la soberanía del oro expropiado a los indígenas americanos que los corsarios hundieron. 
Pero, amigos, esto es España y la Guardia Civil solo ha arremetido contra cuatro negros. No pasa nada. En 1992, Luis Merino hubiera irrumpido a tiros tanto en la Four Roses de Aravaca, como en el espigón de Tarajal.1

La inmigración es una mezcla de colores. No todo es blanco y negro. Entre los extremos, siempre habrá un gris, un punto intermedio. Sin embargo, la política española se basa en una incongruencia. Por un lado, aprueba y defiende actitudes xenófobas, tanto desde instituciones de extrema-derecha como desde sus propios cuerpos de seguridad. Por otro, lleva a cabo una línea de ayudas con errores endémicos ya sistematizados y permite que maleantes cuya única dedicación es delinquir se aprovechen de un Estado del Bienestar generoso, de una Justicia benevolente que no castiga con dureza necesaria la sucesión continua de hechos delictivos. De ese modo, el segundo mal incuba al primero: las conductas dañinas de una minoría perjudican al resto de inmigrantes, lo que provoca el incremento de postulados racistas, y por consiguiente, la ocultación del gris.
Así pues, de golpe y porrazo hemos regresado a los 50 y 60, cuando el cine aún se hacía en blanco y negro. Recuerden esa época, bajo qué régimen vivíamos. Recuerden, así mismo, cómo millares de españoles emigraron a Francia, Alemania o Suiza, o cruzaron el charco hacia Argentina o EEUU. Solo entonces comprenderán el verdadero alcance de la situación. Y les repugnará esa tumba marítima de gélidas aguas. Les repugnará esa guerra que ha convertido Siria en cementerio de inocentes. Les repugnará la sistémica violencia racista de la que hacen gala quienes velan por la seguridad. Les repugnarán esos políticos de manos limpias. Les repugnará esa masa que camina hacia el abismo con los ojos vendados. Les repugnará Luis Merino. Les repugnarán los compañeros de celda que no le dieron el mismo fin que a Lucrecia. Les repugnarán tanto el blanco como el negro. Y les repugnará hasta el gris.

P.D.:
Los riesgos de no publicar a tiempo. Se nos ha adelantado Carlos Boyero, lúcido columnista de El País. Lean su creación. "Espanto". No tiene desperdicio. http://cultura.elpais.com/cultura/2014/02/14/television/1392409606_488477.html

NOTAS:
1-Luis Merino es el guardia civil condenado por el asesinato de la inmigrante dominicana Lucrecia Pérez, en el que fue el primer crimen xenófobo oficialmente condenado en España. Los hechos tuvieron lugar en la discoteca abandonada Four Roses del barrio madrileño de Aravaca.

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