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viernes, 7 de febrero de 2014

Sapere aude

En 1770, Immanuel Kant era ya un famoso erudito, uno de los filósofos emergentes de la época, cuando lo nombraron Profesor de Lógica y Metafísica en la universidad de su natal Königsberg. A fin de justificar su nombramiento, Kant escribió la Disertación Inaugural, en la que trataba todos los temas de su obra, incluidas las facultades del pensamiento intelectual. Sin embargo, una carta de un desconocido alumno suyo y la lectura de un portento del pensamiento moderno, David Hume, le despertaron de lo que el definió como su "sueño dogmático". De ese modo, a los 46 años de edad, una figura conocida en toda Prusia se aisló durante 11 años -que perfectamente podrían ser los de la flor de su pensamiento- para resolver los problemas que su trabajo anterior había planteado. Y el resultado de la auto-crítica kantiana fue "Crítica de la razón pura", su obra maestra, un peñasco de 800 páginas, escrito de manera directa -casi didáctica-, en la que analiza desde si la metafísica es o no una ciencia, hasta las condiciones epistemológicas del saber o la crítica al principio de causalidad de Hume. Aquel vademécum de la filosofía contemporánea debió de cosechar el resultado esperado, pues el 8 de julio de 1827, Pio VIII lo introdujo en el Index librorum prohibitorium.

Si les he contado todo esto, es por la admirable vocación de un intelectual que dedicó una década de su vida a derribar los escombros de varios castillos de la filosofía, para cimentar las escaleras que subieron su criticismo al Olimpo del pensamiento. Se puede decir que Kant fue el primer gran filósofo autocrítico por su propia voluntad. Así, en 1784, escribió el ensayo "Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración?" que contiene una de las grandes frases de su historia: "dimidium facti, qui coepit, habet; sapere aude, incipe" o "quien ha comenzado, ya ha hecho la mitad; atrévete a saber, empieza". Immanuel Kant fue valiente: se atrevió a saber, destinó al conocimiento once años de su vida. La filosofía siempre se lo agradecerá. 

Nuestro sufrido planeta ha cambiado mucho desde que el Boletín mensual de Berlín publicase el dichoso ensayo de Kant. En primer lugar, porque el acceso a la información, a periódicos como el berlinés, se ha masificado. Empero, tal masificación ha traído consigo la pérdida de la identidad del género informativo. Un diario ya no es fuente de sabiduría, sino una pila de hojas de papel dobladas que cuesta 1,50€. Una columna ya no es la ventana abierta de un escritor para que su opinión se propale, sino una herramienta censurada por intereses ocultos. Un editorial ya no es la transmisión de una tesis coherentemente argumentada, sino la oportunidad de divulgar las doctrinas ideológicas de quien ostenta el poder. Una imprenta ya no es la historia de cómo un orfebre de Maguncia1 sirvió a la humanidad, sino la máquina china con mayor volumen de producción del mercado.
En segundo lugar, porque el acceso a la información se ha diversificado. Ahora, cualquier lector puede comprar noticieros de centro, de centro-derecha, de derecha, de extrema-derecha y hasta de extrema-extrema-derecha. En cambio, no encontrará un solo rotativo que no haya pasado por el prisma morboso, vulgar y ordinario de una anciana hooligan de Belén Esteban con sed de sangre.

Leer sucesos en cualquier periódico español se asemeja más a ir a hacer la compra del mes al súper. Solo que en vez de la marca has de mirar el medio emisor; en vez de la etiqueta, el redactor; y en vez de la fecha de caducidad, la polaridad de opiniones que permite el titular, cada cual más carroñero y vendehumo. Todo ello propiciado por una industria que ampara el decreto que promulgó Fernando VII en 1815 aboliendo la libertad de expresión. Hoy en día, la Constitución protege ese derecho, al mismo tiempo que una ley orgánica consiente que compañías multinacionales se hagan con la participación total de los medios de comunicación. Un liberalismo tan liberalizado que obliga a la sumisión de la información y, por ende, del conocimiento.

En las tiradas diarias se han corrido ríos de tinta acerca de la destitución de Pedro J. Ramírez como director de El Mundo. Se ha hablado de una mano negra contra el periodista, de la vinculación del PP en el cese y hasta de la conspiración judeo-masónica-comunista-internacional. Sin embargo, la única verdad probada es que El Mundo hace perder al grupo Rizzoli más de tres millones de euros al año desde 2007. Lo que no se nos cuenta es que su ex-director, que conserva su despacho todavía en la sede del periódico, carga contra el Gobierno en el New York Times a saber por cuánta tela, cuando antes de las elecciones del 11-N firmaba editoriales pidiendo el voto por Rajoy. O sea, que a Pedro Jeta se lo ha cargado el funcionamiento del mercado que defienden a capa y espada desde Unidad Editorial. Así, la ciencia exacta que rige los medios de masas prosigue con una quema de libros que firmaría Ray Bradbury.2
Y entre las cenizas, unas líneas de un viejo tomo de un filósofo prusiano se resisten a arder. "Sapere aude, incipe". Atrévete a saber, empieza. ¿Pero, cómo?

NOTAS:
1-Se refiere a Johannes Gutenberg, inventor, sobre el 1450, de la imprenta de tipos móviles.
2-Ray Bradbury: escritor norteamericano mundialmente conocido por su novela distópica Fahrenheit 451

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