El colmo de los colmos, como en un chiste de Manolito, llega al final. La profesora nos entrega el examen: cateamos lengua. Pero, ¿por qué? La maestra es una soltera cuarentona algo entrada en carnes y con un desmesurado afán filantrópico que salió de copas ayer jueves. Allí se encontró con nuestro amigo que ahogaba penas en la barra de un tugurio de ésos alumbrados con un cartel luminoso del que un par de letras se han fundido. Porque en eso sí -en lo de darle al pimple, vaya- que nos hemos especializado los humanos, y si no reparen en cualquier obra maestra del séptimo arte.
Total que, entre la poca luz del garito y que la pobre mujer ya llevaba algún gin-tonic de más, le dio por romper con todos los estereotipos y le sacó una caña al velloso cavernícola. Supongo que no hace falta que sea más explícito, así que me ahorro el resto de detalles, que para eso también tenéis el cine.
El caso es que el affaire con el enmarañado tipejo también le sirvió para replantearse su punto de vista para con el idioma: ¿por qué creamos y utilizamos un sinfín de vocablos para designar cualquier hecho, acción, sentimiento o vivencia, si no comprendemos lo que la mayoría de ellos significan? No es que no entendamos los significantes, de hecho nos los hemos aprendido de memoria, sino que los asociamos a unos significados confusos e inconclusos.
El ejemplo más claro lo tienen en el sempiterno vocablo universal: la democracia. Fíjense si hemos sido cansinos con la palabreja en esta bitácora. Que si democracia para arriba, que si democracia para abajo, que si democracia para Egipto, que si democracia para Venezuela, que si patatín, que si patatán. Incluso analizamos su etimología, quisimos implantar una mini-democracia cultural y diferenciamos los distintos tipos de democracia. Más de uno debe de tener los oídos ensangrentados de tanto oírla, como la alarma de esa puta furgoneta que te despierta a las seis y media entre semana.
Democracia líquida, democracia representativa y democracia participativa.
Democracia liberal y socialdemocracia.
Democracia republicana y democracia en monarquías constitucionales.
Unión Progreso y Democracia, Centro Democrático y Social, Unión de Centro Democrático y Convergencia Democrática de Catalunya.
Tenemos canciones a la democracia, fiestas de la democracia, días conmemorativos de la democracia, estatuas a la democracias y ¡hasta elecciones democráticas!
La omnipresencia de la democracia es tal, que si tuviéramos que pagar por cada vez que la mencionamos, hubiéramos salido ya de la crisis.
Bueno, no, porque quienes más la repiten se irían a Suiza gritando democracia por el camino.
¿Qué es realmente la democracia? Nadie lo sabe con exactitud. El verbo dice: "forma de gobierno en la que el poder reside en el pueblo". Más preguntas. ¿Cómo debe residir? ¿Qué poderes? ¿Las urnas de cristal representan el poder popular?
Siendo lo más ecuánime posible, diría que con poder se refiere a gobernar y con pueblo a todos los habitantes del país -no empiezo con si los inmigrantes sin papeles son el pueblo porque esto sería el cuento de nunca acabar-. Por consiguiente, España no sería una democracia, ya que el pueblo no gobierna, apenas elige a sus gober-mangantes, y con pueblo solo incluye a los mayores de edad, conque, si no has cumplido los dieciocho quedas desterrado de nuestro pueblo demócrata. Por el contrario, la URSS de los Gulag y del férreo control político se asemejaría más a esa definición, aunque aún no sabemos a ciencia cierta, ni a ciencia falsa, de qué manera gobernaba el pueblo. Para más inri, en el castellano describimos al antiguo régimen comunista como "dictadura del proletariado". ¿Democracia o dictadura?
Dos son las lecciones que la maestra pretende enseñarnos de cara a la recuperación. En primer lugar, desubjetivizar la lengua -otro garrotazo con el diccionario-, repleta de connotaciones que, aunque damos por intrínsecas, no son más que vanas afrentas a su buen uso. En segundo, ya aplicado al apartado práctico, asimilar que nadie es demócrata per se. La democracia condena a los hombres a una mediocridad irredimible, que lo obliga a contar con las opiniones del resto de mortales, pese a que tengan un nivel cultural o intelectual relativamente inferior. Desde Descartes hasta el Cardenal Richelieu -ya sé que no soy bueno poniendo ejemplos-, han defendido que una autocracia es significativamente más eficaz que cualquier régimen democrático. Pura lógica.
La velocidad en la toma de decisiones y la preparación del líder supremo hacen de cualquier sistema unipersonal y paternalista, más eficiente que el que tiene en cuenta al rebaño de hombres depilados y adaptados, mucho más ignorantes que el tupido antecesor que les hemos presentado con anterioridad.
El problema radica en encontrar al capitán del barco, a nuestro Napoleón particular. He ahí el fallo. ¿Cómo íbamos a preferir a Pinochet, Videla o Franco? ¿Al mariscal Petain o a Fernando VII?
Solo un Dios sería capaz de llevar a cabo con éxito un modelo de gobierno así. Y Dios es una realidad inexistente que los humanos creamos mediante el lenguaje.
Menudo lío macabeo.
Partiendo de esta perorata, analicemos ahora lo que significa ser demócrata. Curiosamente, o no, todo dios quiere, en este país tan demócrata, que lo llamen demócrata. Desde Franco -¿recordáis lo de democracia orgánica?- hasta Gil Robles, el demócrata cristiano que indultó a Sanjurjo. Han sido demócratas Fraga Iribarne y Areilza. ¿Os suenan "Bilbao ha sido conquistado por las armas, nada de pactos ni agradecimientos póstumos" y "Bilbao no se ha rendido sino que ha sido conquistado por el ejército y las milicias con el sacrificio de muchas vidas, Bilbao es una ciudad redimida con sangre"?1 Pues la misma rata que pronunció esas palabras congratulándose de la caída de una democracia -Segunda República- es cofundador del partido que hoy día manda en nuestra querida y herida democracia.
Es probable, verbigracia, que Adolfo Suárez -Ministro general del Movimiento- no fuera demócrata, pero hizo más por la Democracia que Felipe González o José Luis Rodríguez Zapatero.
No hay demócratas. Otra prueba más: la diminuta península de Crimea. Pobre Crimea, regalada en 1954 por capricho del supuestamente dictador Jruschev. ¿O era demócrata? Ironías aparte, el 16 de marzo de este mismo año se celebró, mira tú por dónde, un referéndum, la principal prueba democrática que hace que a los humanos nos brillen los ojos. Los ciudadanos crimeos, en ejercicio de sus derechos democráticos, decidieron adherirse a la corrupta, oscura, pérfida, malvada y gris Rusia. Y así, toda la Europa democrática, con un montón de instituciones democráticas en Bruselas, Frankfurt o dónde sea, llenas de chupópteros demócratas, se ha puesto patas arriba contra la decisión unilateral y democrática del pueblo crimeo.
¿Cuál ha sido su justificación? Otro derecho, otro lío macabeo: el de inviolabilidad de las fronteras. Que si el plebiscito fue ilegítimo, que si rompe los principios de derecho internacional etcétera, etcétera.
No hay demócratas. Cada día lo tengo más claro. Solo un puñado de legalistas, por no llamarlos leguleyos, empeñados en burocratizar esa querida y herida democracia. ¡Si Franz Kafka se levantara de la tumba!2
No hay demócratas. Wittgenstein no, pero sí Nietzsche en su día habló de nihilistas y superhombres libres e inteligentes que eliminarían cualquier atisbo de autoridad, y ya sea de paso, de democracia. Y lo que los superhombres creamos fueron los Estados de Derecho.
NOTAS:
1-Esas palabras han sido extraídas del discurso de José María Areilza después de que el bando sublevado tomase, por la fuerza de las armas, la metrópoli industrial de Bilbao. http://es.wikisource.org/wiki/Discurso_de_Jos%C3%A9_M%C2%AA_de_Areilza_en_Bilbao_el_8_de_julio_de_1937
2-Se trata de una referencia literaria a la obra "El Proceso", en la que el escritor checo plantea una feroz crítica a las sociedades burocráticas y, en especial, a su sistema judicial.
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