Fue en la segunda mitad del siglo XVIII, pero sobre todo, a lo largo del XIX, cuando el curso de la historia humana cambió para siempre. Nos preparábamos, entonces, para la mayor transformación que nuestro planeta había sufrido desde el neolítico. El silencioso curso que parcial e injusto, aunque beneficioso, se estaba llevando a cabo, se frenó de golpe. El embrión que había engendrado sufriría una metamorfosis dañina, que acabaría matando al creador. Un asesino caín que, sin embargo, resultó ser el padre de la civilización que hoy nos acoge con un felpudo que dice: "bienvenidos a la república independiente de mi casa".
La Revolución Industrial supuso el fin de una era. La letal etiqueta de "estancada", condenó al olvido una cultura y un conocimiento del mundo antiguos que hoy en día solo se han recuperado para explicar la ventaja del egocentrismo decimonónico. Mientras el avance duplicaba, triplicaba, infinitaba su velocidad, las desigualdades sociales crecían, también, a ritmo vertiginoso. En cambio, el comportamiento de la sociedad, como si padeciera síndrome de Estocolmo, fue el de justificar un nuevo modo de sumisión, quizás menos evidente, mas igual de ponzoñoso.
No entraremos a valorar si la Revolución Industrial, por rompedora que fuese, supuso un modelo alternativo o tan sólo matizó el régimen que gobernaba la condición humana. Tampoco si la validez de sus adelantos y descubrimientos fue real o ficticia, si el fin justificó los medios o si la explotación de elementos naturales e incluso de personas físicas fue un daño colateral. Nos basta con saber que desde 1750 -ojo, que esta fecha la marca nada menos que un historiador- la ciencia del mal, más que del bien por mucho que ambas compartiesen árbol, ocupa el altar que monarcas escogidos por deidades, -a dedo, puede que hasta fueran asesores- papas, Jesucristos, Dioses con poderes que ni los superhéroes de Marvel y espiritús santos varios habían detentado.
La poderosa tecnología ya es mayor de edad. A nuestra inteligencia le ataca la demencia senil. Solo así se puede explicar que ni siquiera hagamos pucheros cuando en Ginebra juegan al pinball con partículas y en la NSA al escondite por Whatsapp. No obstante, estos todopoderosos tan bien vistos por el público de "El Show de Truman" protagonizan el colmo de lo inconcebible: la fatal racionalidad está al servicio de las ciencias sociales, las letras impostoras que dominan el mundo de la episteme.
Los actores de este show del que no entendemos nada seguimos empeñados en agasajar términos rimbombantes que, para variar, tampoco entendemos. Biotecnología, nanorobótica, física cuántica y nuestros tímpanos ya han llegado al orgasmo. La Filología, la Literatura, la Filosofía, la Historia o el Arte han sido desterrados de aquel Jardín del Edén situado en Agbogbloshie,1 que ahora guarece tóxicos residuos informáticos. Su estudio se asocia a vagancia, bohemia, soñadores u otras realidades alejadas de su apestoso paraíso, acercadas al Olimpo griego.
Ya era hora de acometer la defensa de las Humanidades, cuál sino cualidad más humana, valga la redundancia. Eso sí, en arena y a capa y espada; pues las trincheras y los radares y las armas químicas y nucleares y los drones no concuerdan con el honor quijotesco y ridículo que éstas merecen. El altar desde el que la ciencia mira su secular captura, que no creación, no revela más que un penoso complejo de inferioridad. ¿Cómo hubiese ilustrado Mendeléyev su tabla periódica? De hombres como Isaac Newton o Charles Darwin, hijos de la Gran Bretaña cuna de la Revolución Industrial, extraemos la falacia que minimiza el ruido de los plumeros y los pergaminos. La combinación de Letras y Ciencias, los dos extensos y únicos caminos del conocimiento, es la que nos hará libres, la que romperá nuestras cadenas, la que potenciará nuestra imaginación. Y ante todo eso, el hombre, "homo, homini lupus"2, listo como ninguno a la hora de limitar su propio poderío intelectual, se atemoriza. La causa de su pavor, una vil herejía, debe ser conducida a su destino: el fuego no se usa exclusivamente en ese vertedero ghanés, cementerio donde yacen pantallas de ordenador oxidadas, para extraer cobre (29), litio (3) o níquel (28)3; ya van tres siglos de invisible quema de brujas.
NOTAS:
1-Agbogbloshie: situado cerca de Accra, capital de Ghana, es el mayor vertedero de residuos informáticos del planeta, escenario de muchísimas polémicas entre Greenpeace y las grandes compañías y los gobiernos occidentales.
2-"homo, homini lupus": locución latina acuñada por el pensador Thomas Hobbes en su obra "Leviatán" cuya traducción es "el hombre es un lobo para el hombre".
3-Entre paréntesis los números atómicos de las sustancias.
Aplausos y más aplausos.
ResponderEliminarP.D: Cojonudo blog.
Muchísimas gracias, y disculpa el no haber respondido con anterioridad, pero es que he estado algo liado.
ResponderEliminarEspero seguir cosechando elogios tan sinceros.
Nos vemos en Twitter.