Desmond
Tutu describe así a Nelson Mandela: “su mayor cualidad es
la magnanimidad”. Su inconmensurable grandeza solo merece un
homenaje así, enorme, del tamaño del réquiem inacabado de Mozart.
Inacabado. Como su obra, a la que privaron de más tiempo en el
escenario, a la que robaron su capitán.
Para entender Sudáfrica, hay que conocer, primero, algo de su historia. Descubierta a finales del siglo XV por Bartolomé Días. Cuenta la historia, que cuando alcanzo el punto más meridional lo denominó "Cabo de las tormentas" debido a las condiciones meteorológicas que tuvo que sufrir para llegar a la región. Sin embargo, de vuelta a Portugal, el monarca Juan II decidió cambiarle el nombre por el de "Cabo de buena esperanza", augurio éste de nuevas conquistas para la potencia lusa. De color verde fue la visita de los holandeses en 1652, sí.1 Y la población local, gatos negros. Por si no fuera suficiente, a finales del XIX la nación se convirtió en un goloso pastel para las potencias occidentales, después del descubrimiento de oro y diamantes. Por controlar los infinitos recursos naturales el Reino Unido luchó contra los colonos asentados, conocidos como Afrikáner, en las dos guerras Boer.
Fue
sobre todo la segunda la que marcó el devenir de la nación, ya que a
la término de la misma, en 1902, el Imperio Británico anexó las
repúblicas de Orange y Transavaal.
Como
pueden ver, los nativos sudafricanos no son en ningún momento
mencionados. Marginados durante toda su propia historia, se les
utilizó como mano de obra esclava para extraer la inmensa fortuna
natural que su tierra almacenaba. Desde aquel punto tan austral y de
tan buen agüero hasta la exclusión social. En 1934, por ejemplo, la
llegada del partido unificado al poder supuso un intento de
reencuentro entre los Afrikáners y los angloparlantes. El resto de
etnias seguían siendo postergadas por quinto siglo consecutivo.
Aun
así, como si de un filme de miedo se tratase, al protagonista
todavía le esperarían peores noticias. La Segunda Guerra Mundial
provocó la ruptura entre los dos grandes sectores del gobierno, y el
ala más rancia y ultraderechista del Partido Nacional, afín
al ideario hitleriano, alcanzó el poder en el año 1948. Se daba
pie, ahora sí, a la época más devastadora desde el descubrimiento
de aquel cacho de tierra del demonio. Ya podrían haber acabado las
tormentas con el oportuno barco del amigo Bartolomé, pensarán
algunos. Pero es que de haber sido así no tendríamos película.
El
apartheid, la execrable segregación racial llevada al extremo
más atroz desde el nazismo, duraría más de 40 años. Consigo,
tragedias como las de Soweto en el 762 o vejámenes como los
que sufrió Steve Biko antes de fenecer en el 77. Claro, sin
olvidarnos de que para entonces el reo 46664 ya había cumplido su
decimoquinto aniversario en el lujoso Hilton de Robben Island
y su pretencioso estilo se había convertido en un poema de Henley.3
Y es que, como él mismo afirmó, “la prisión es una tremenda
educación en la paciencia y la perseverancia”.
Algo
en lo que se ha diferenciado Nelson Mandela del resto de líderes
políticos es en la coherencia entre los discursos y los hechos que
le legitimó como líder, faceta que adquirió en la cárcel. Cuesta
imaginar que, en aquella época, un joven procedente de una aldea de
campesinos llegase a cursar Derecho en Johanesburgo, a ser el
referente de la liga juvenil del ANC, a dirigir el clandestino
Umkhonto we Sizwe4, a sobreponerse a 27 años de reclusión, a
liderar la Sudáfrica negra. Y esto solo puede explicarse basándose
en cualidades mundanas, rudimentarias casi para un pensador o
político, alejadas de esa vanidad que los caracterizan.
Es
innegable que sin su persona el final del apartheid solo se hubiera
llevado a cabo a través de una guerra entre razas que hubiese
asolado el país de un modo aún más cruel, aún, que el tortuoso
sendero del racismo. Confraternizar con la minoría blanca que, no
obstante, era -y es- la más poderosa fue su principal objetivo,
único camino para alcanzar la paz y la democracia en Sudáfrica.
Difunde en El País5 John Carlin, uno de los periodistas en
activo que más profundamente ha investigado su papel, el relato de
Tokyo Sexwale, miembro de ANC que también padeció los
horrores de Robben Island. Recuerda que cuatro meses antes de las
elecciones que les auparían a la presidencia, ya sabiéndose
ganadores de las mismas, el ejecutivo del comité nacional se reunió
para debatir la cuestión del himno nacional, debido a que en aquel
momento la canción imperante era “Die Stem” una melodía
que homenajeaba la victoria de los “exploradores” blancos
que aplastaron con violencia la resistencia local. En principio, el
himno sería sustituido por “Nkosi Sikelele”, el canto
acuñado por la mayoría negra con el que expresaban el intenso deseo
de un pueblo ávido de libertad. Así, a poco de iniciarse la reunión
Mandela abandonó la sala para contestar una llamada urgente y los
demás componentes allí quedaron, decidiendo sobre el tema. Todos
acordaron acuñar el “Nkosi Sikelele”. Según Sexwale, se
encontraban “inmensamente felices” de poder decir adiós a
aquella composición que tanto daño causaba en la población negra.
Y cuando más disfutaban, reapareció. Al contarle sus compañeros la
elección del himno, Mandela, severo como nunca lo habían conocido,
les contestó: “esta canción que despacháis con tanta
facilidad contiene las emociones de muchos a los que todavía no
representáis y de un plumazo queréis tomar una decisión que
destruiría la misma base sobre la que estamos construyendo este
país: la reconciliación”. Aquello fue como una clase de
primaria. Mandela, con la fuerza incuestionable de su argumentación
les había hecho recapacitar. Nada había en el razonamiento de los
pupilos más que un deseo de venganza y unos motivos hueros que
sucumbieron ante la lógica aplastante de la tesis del que meses
después pasaría de profesor de infantil a primer presidente negro
en la historia de Suráfrica.
Comenté,
allá por el mes de Septiembre, que sin duda Nelson Mandela era una
de las personas a las que más firmemente idolatraba. El hecho de que
en un mundo plagado de rencor y sed de destrucción perdonara,
olvidara y reconciliara a todo un pueblo con su figura como emblema,
sobrepasa la condición humana. El progreso, en todos los ámbitos
que sean, no ha hecho sino acercarnos a los animales. Dominados por
los impulsos, por una inexplicable fe en dioses materiales, la gran
herramienta del ser humano, la diferencia insalvable con el mundo
animal, ha quedado relegada a un segundo plano. Por eso, cuando
alguien se detiene y piensa, además de existir, crea, diseña,
inventa, alternativas ante cualquier problema. El uso de la razón
por encima de todos los violentos sentimientos han hecho de Madiba
una especie de Jesucristo moderno. En cambio, éste, el nuestro, el
de carne y hueso, el de los logros fehacientes, nunca se consideró
superior a nadie. Su trato, cercano y cariñoso, junto a su inefable
sinceridad, fue el mismo con F. W. De Klerk y con el
campesino que labraba las tierras; con su esposa y con la reina de
Inglaterra -a quien, por cierto, la llamaba por su nombre de
pila-; con los funcionarios de prisiones que le custodiaron durante
casi tres décadas y con sus camaradas del brazo armado
del ANC. Así, sin ánimo de trascender fue, justamente, como su
simpleza trascendió. Los versos finales sentencian su réquiem, como
si de el epitafio más maravilloso se tratara. “Soy el
dueño de mi destino, soy el capitán de mi alma”. Hasta
siempre, capitán.
P.D.: Está trabajando en otro post cuando me enteré de su fallecimiento. Una noticia de ese alcance congela, hiere. Dejé de un lado todo. Madiba merecía toda la concentración.
Siempre concebí la imagen de Nelson Mandela como la de una persona íntegra, pragmática, carismática y honrada. Alguien que lo dio todo por hacer posible algo sencillo en teoría, utópico en Sudáfrica. En un mundo en el que absolutamente todo es política, consiguió trascender desde la misma hacia aspectos desconocidos de la condición humana. Su mayor mérito no es político, no es el de haber erradicado en su país, no la violencia y la iniquiedad sino la concordia y la fraternidad; su gran logro es el de ser el único personaje de la historia de la humanidad que solo creó humildes y veraces alabanzas en torno a su persona. Del mismo modo que lo relaté ayer en Twitter, me reafirmo hoy aquí: se va un mito convertido en el mito.
NOTAS:
1-Fue en ese año, 1652, cuando la expedición neerlandesa guiada por Jan Van Riebeck arribó en Sudáfrica. Esta llegada fue el preludio de los primeros asentamientos de colonos en el país.
2-El 16 de junio de 1976 tuvieron lugar los disturbios de Soweto. Muchos estudiantes se echaron a las calles del suburbio de Johannesburgo para protestar por el decreto aprobado por el gobierno nacional, que obligaba a los niños escolares a compaginar el afrikáans y el inglés en detrimento del zulú. La policía emprendió violentamente contra los jóvenes, pereciendo en los disturbios más de 500 personas. Desde entonces, cada 16 de junio se celebra el día de la juventud en Sudáfrica.
3-El poema de William Ernest Henley en cuestión es el titulado "Invictus". De ahí he extraído los versos con el que concluye el artículo:
Más allá de la noche que me cubre,
Negra como el abismo sin fin,
Agradezco a los dioses si existen
Por mi alma inquebrantable.
Caído en las garras de la circunstancia
No he llorado ni pestañeado.
Bajo los golpes del destino
Mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
Yace el horror de la sombra,
Y sin embargo la amenaza de los años
Me encuentra, y me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecha sea la puerta,
Cuan cargada de castigos la sentencia,
Soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma.
4-El Umkhonto we Sizwe fue el brazo armado del ANC, una organización terrorista que perpetró sabotajes contra los poderes del apartheid. Mandela fue su líder entre 1961 y 1962, esto es, hasta que fue encarcelado.
5-He aquí el enlace referido al reportaje de John Carlin: http://internacional.elpais.com/internacional/2013/03/28/actualidad/1364463433_244316.html
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