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viernes, 20 de junio de 2014

¡Claro que se puede!

Ni la más siniestra película gore daba tanto miedo como Madrid ayer por la tarde. La Gran Vía, toda emperifollada de orgullo patriótico, esperaba cortada, vacía, inerte, la proclamación del nuevo monarca de este reino que amenaza con hundirse. Algunos lo comparaban con los desfiles hitlerianos del Berlín de 1934. A lo que respondo que sí, que un aire se daba, que los nacionales parecían las SS, pero que en la Alemania del III Reich quienes organizaban esos colosales despliegues de exaltación patriótica no sacaban su capital del país con destino a paraísos fiscales. 

No sé bien como responder ante esa fotografía. Si reír por lo ridículo de una celebración de ese tipo a estas alturas. Si llorar por la tristeza que emana esa arteria desoladora, perfecto reflejo de la situación del país: estática, inmóvil, hueca. Si reventar de indignación cuando se gastan millones de euros en engalanar la capital de rojigualda, cortar las calles a súbditos con menores derechos que el Rey -así lo estipula la Constitución- y desplegar un enorme efectivo policial que aplaste una concentración ilegal, aunque de nuevo la Constitución avale su legitimidad, mientras que más de dos millones de niños sufren malnutrición, cinco millones de adultos están desempleados y otro millón de jóvenes ha tenido que refugiarse en países europeos, víctimas del exilio económico. 

Me pregunto dónde quedará la vergüenza de esos dirigentes que se empeñan en dilapidar dinero público en gastos superfluos, en ceremonias absurdas, en sobresueldos grotescos y recortar en comedores infantiles, prestaciones sociales, servicios públicos y todo tipo de subsidios. Me pregunto dónde quedará el orgullo de esos trabajadores honrados, afortunados de tener un puto empleo pese a que la Constitución lo garantiza, cuando se les suben los impuestos, se les reducen los salarios, pierden derechos laborales y se les quitan servicios necesarios, al mismo tiempo que quien les arrebata la comodidad que con su esfuerzo se han labrado, esquiva sus obligaciones fiscales, cobra sobresueldos, vive del cuento y derrocha la guita que arranca a quien se la gana decentemente. 

Miro ese Madrid que claudicó hace ocho décadas. Miro ese Madrid prostituido. Miro ese Madrid despojado de su historia y su honra y cuestiono la Constitución que hemos heredado. Cuestiono que solo valga para no poner en tela de juicio el régimen que se instauró hace medio siglo, para despachar a la ciudadanía de su necesaria participación política, para no atender a lo que la población objete. Cuestiono que no se cumplan artículos como el derecho a una vivienda digna, el derecho de reunión y manifestación o el derecho al trabajo. Cuestiono que no pueda reformarse y adaptarse a los nuevos tiempos. Cuestiono que se haya convertido en un símbolo del casticismo de la democracia española. Cuestiono que la Constitución no sea más que polvo, y no polvo enamorado que diría Quevedo, sino polvo de los muertos que yacen en cunetas y fosas comunes.

En cambio, no tengo ninguna duda de que cuando existe voluntad, cuando se pretenden cambiar las cosas, se pueden hacer. Querer es poder. Si se quisieran eliminar los paraísos fiscales, se podría. Si se quisiera preguntar a los ciudadanos sobre Monarquía o República, se podría. Si se quisieran garantizar todos los derechos sociales, se podría. Si se quisiera reformar la Constitución, se podría. Lo dice el tipo de la coleta; claro que se puede.

¿Quién diría que el hombre pondría un pie en la Luna? ¿Quién diría que se podría erradicar la polio o la tuberculosis? ¿Quién diría en 1930, que todos los españoles podrían votar su próximo Jefe de Estado? ¿Quién diría que PP y PSOE pactarían en una noche una reforma de la Constitución clave para el funcionamiento de la nación? ¿Quién diría que tras la abdicación de un Rey se hubiese tramitado una Ley Orgánica en tiempo récord para cerrar la sucesión del trono?

Dijeran lo que dijesen, Neil Armstrong caminó sobre la luna, ya casi nadie muere a causa de esas enfermedades, en junio de 1931 los españoles eligieron a sus representantes políticos en las urnas, el 23 de agosto de 2011 se realizó aquella reforma y ayer, en disposición de la famosa ley que PP y PSOE han vuelto a acordar, Felipe VI fue proclamado Rey de España.

Así que cuando veo Madrid gris, oscuro e inánime, con esas oriflamas casi tan penosas como las pulseras rojigualdas de Arias Cañete, solo pienso en cuando volverá la Gran Vía a llenarse, cuando volverá la gente a echarse a la calle, cuando tomará la ciudadanía lo que es suyo y de nadie más. Porque no se confundan, si se quiere, ¡claro que se puede!



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