Desde la noche de los tiempos, las distintas razas del género humano se han caracterizado por su pavor ante lo desconocido. La xenofobia que hoy achacamos a la tozudez e intolerancia de las mentes más cerradas también se daba en la Edad de Piedra entre tribus rivales. Solo el paso del tiempo, los progresos en el ámbito social, el remordimiento y la conciencia del daño causado con las barbaridades imperialistas y la apertura de las sociedades han logrado paliar ese fenómeno tan genuino, inherente de la condición humana, como el temor ante lo que se desconoce.
Eruditos, literatos, moderados, sabihondos y toda esa prole de intelectuales racionalistas han coincidido en que la única manera de hacer frente a los comportamientos xenófobos es apostando por el conocimiento. Lo que tiene su lógica: para evitar tener miedo a lo que uno desconoce, se aboga porque lo conozca, con lo cual, dejará de tenerlo. Sencillo.
Lo compartió, uno de los más expresivos narradores de la literatura española, Pío Baroja, cuando dijo aquello de "el carlismo se cura leyendo y el nacionalismo, viajando". Leer y viajar, al fin y al cabo, son dos magníficas fuentes de conocimiento y sabiduría.
Por consiguiente, es inexplicable que en las sociedades del conocimiento, las más avanzadas y más capaces de acceder a la información en la historia de la Humanidad, se esté dando un auge de las fuerzas xenófobas. Le Pen en Francia, Geert Wilders en Holanda o Nigel Farage en Reino Unido son algunos de esos irritantes ejemplos. Primera incongruencia.
Empujado por ese miedo cerval, el ser humano creó la segregación para diferenciar entre las distintas especies de personas. Es algo curioso. A veces, parece que estuviéramos determinados por ese principio aristotélico de la desigualdad básica entre los seres humanos. Desde siempre, en vez de aceptar nuestras fabulosas cualidades humanas, las hemos repudiado, hemos preferido ser dirigidos por impulsos más propios del género animal. En vez de unir, tolerar, diversificar, agrupar, integrar a unos con otros, sin importar sus diferencias, partiendo de la premisa de que en el fondo tú y yo o él y ella, somos lo mismo, hemos dividido, recortado, fraccionado, clasificado a nuestros iguales por pequeñas, casi inapreciables a ojos de la inteligencia humana, desemejanzas. En estas sociedades del conocimiento de las que antes os hablaba, esos ejemplos que antes mencionaba se califican a sí mismos -y son calificados por sus fieles- como paladines de la democracia, de la unión del pueblo. ¿Segunda incongruencia? Puede que no: la democracia ateniense era tanto o más cerrada, tanto o más xenófoba, como los puntos de vista de Aristóteles.
Retomando el hilo de la reflexión, creo que todos coincidiremos en lo horrible y lo ominosa que resulta la segregación sea en el ámbito que sea. Aunque, cuando mencionamos esa palabra, todos la asocien con el racismo imperante en la EEUU de Rosa Parks y cía., de la que hoy tantos taquillazos se graban, demócrata y libre, o el repulsivo y cruento apartheid sudafricano, no debemos olvidar que existieron sistemas tan segregacionistas como la democracia ateniense, el feudalismo de la Edad Media o todas las dictaduras del siglo XX, base de la xenofobia actual.
El modelo educativo español, un auténtico disparate indigno de merecer, siquiera, calificativos negativos, es uno de esos sistemas desproporcionados e injustos. ¿A quién se le ocurriría, verbigracia, que el Estado tuviera que apoyar económicamente a colegios que separan por sexos, o mantener instituciones de "enseñanza" donde comparten aulas el creacionismo divino y el darwinismo?
En el año 1967, el dictador que no debe ser nombrado, aquel que fue "Generalísimo", decidió promulgar una ley -Ley Orgánica del Estado- que elevara al máximo su mecanismo institucional, basado, precisamente, en la desconfianza y el pánico a lo ajeno con el que comenzábamos este artículo. En la España democrática, en la que gobierna el partido que no debe ser nombrado, también existe un medio que eleva al máximo su deficiente mecanismo educativo: la selectividad.
Su mismo nombre indica cuál es el fin que se persigue con este examen: seleccionar. Lo que no queda tan claro es a quién. Actualmente, no existe en España un sistema segregacionista de esas características, ni siquiera ese Jardín del Edén catalán que pretende crear Mas con su delirio separatista. La selectividad segrega por renta: primero, porque muchas familias, cuyo riesgo de exclusión social se la suda al Gobierno, no pueden afrontar los costes añadidos que supone; segundo, porque los centros concertados obtienen, en la inmensa mayoría de los casos, resultados significativamente mejores que sus semejantes públicos. La selectividad, así mismo, segrega por sexos: se ha demostrado empíricamente que es a las mujeres a quienes más penaliza el peso de esta prueba comparado con el Bachillerato, ya que sufren más de nervios que los hombres, por norma general.
Para nada persigue objetivos académicos, docentes, de transmisión de conocimientos, de preparación o de aprendizaje, sino recaudatorios y selectivos, de ahí su identidad.
Como consecuencia, fomenta el individualismo salvaje entre alumnos, una competitividad voraz y una moral súbdita sobre el trabajo, lo que desde luego les resultará muy válido de cara al mercado laboral, tensiones completamente evitables entre alumnos, pérdida de motivación y desprestigia de manera absurda la profesión de los maestros.
Ya lo advirtió Baroja. Mientras que se penalicen las ganas de saber, el "sapere aude" horaciano, tendremos lo que tenemos: carlismos, nacionalismos, extremismos xenófobos. Desigualdad, inseguridad, dirigentes corruptos. Drogadicción, prostitución, alcoholismo. Fracaso escolar, ni-nis y la famosa, la terrible, la temible Segrectividad.
Mosca cojonera en la red, mosca polémica. Dijo Baroja, "el nacionalismo se cura viajando y el carlismo leyendo". Desde qué lo escuché, viajo y leo. Lo llaman democracia y no lo es. Los artículos no están completos. Si están interesados en alguno, hagan clic en la pestaña "seguir leyendo". Así, me harán el favor de poder contabilizar las visitas en cada entrada.
viernes, 13 de junio de 2014
Segrectividad
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