Desde que en 2010 se destapase la Operación Babel, negros cuervos se han cernido sobre la Casa Real. Los espantajos que rodeaban Zarzuela ya no ahuyentan a colaboradores de revistas de actualidad, reporteros a pie de calle, tertulianos de debates políticos, columnistas de reputados periódicos, y desde luego que tampoco, a esa otra variante del periodismo inteligente y de calidad que en España se denomina como "programas del corazón". Iñaki Urdangarín ha pasado de modélico deportista a enemigo del pueblo. Juan Carlos I, de inesperado héroe inspirador de libertad a torpe adúltero. Y la mencionada Infanta Cristina sigue siendo la misma tonta del bote empleada por la magnánima obra social de La Caixa.
Los conceptos van variando con el paso del tiempo. Así pues, la obra social que hace años asociaríamos con el Estado del Bienestar, es una orden de desahucio, la crónica anunciada de un derribo. Hace unos cuantos lustros, concretamente el 15 de noviembre de 1930, el más destacado pensador de la historia de España, José Ortega y Gasset, publicó en el diario El Sol el artículo "Delenda est Monarchia", cuya traducción del latín es "Derribemos la Monarquía".
"Somos nosotros, y no el régimen mismo; nosotros gente de la calle, de tres al cuarto y nada revolucionarios, quienes tenemos que decir a nuestros conciudadanos: ¡Españoles, vuestro estado no existe! ¡Reconstruidlo!", dijo Ortega. Aquel llamamiento a la insurrección, aquel odio a la Restauración por los atrasos a los que condenó al país, aquella obra social, dio sus frutos: en 1931 fue instaurada la Segunda República.
El pequeño Cole, el sufrido muchachito de "Sexto Sentido" en ocasiones ve muertos. Nosotros, en ocasiones vemos reyes, lo cual es significativamente peor. Sobre todo, si ese puñetero rey, el que hace alusión a la tradición histórica, representa una dinastía que en su primer ejercicio de poder provocó una Guerra Civil, a la que siguieron la entrega de Gibraltar y Aranjuez. La venta del trono a Napoleón Bonaparte mientras Murat cazaba amotinados y los Cien Mil Hijos de San Luis. El garrote vil y la ejecución de Riego. El lecho de Isabel, que decidía quien ostentaba el poder, y el golpe del pacifista Martínez Campos, del que tan buen recuerdo guardan en Cuba. El caciquismo y el desastre del 98. Alfonso, "el Africano", haciendo manitas con Primo de Rivera y la transición diseñada por el caudillo que murió en la piltra. Y por último, los safaris, las caídas, las amantes y el blanqueo.
Muchos tildarán el párrafo anterior de demagógico, pues qué culpa tiene al fin y al cabo el pobre cazador, sobre lo acontecido tres siglos atrás. Empero, lo previamente mencionado "el Rey hace alusión a la tradición histórica" acompaña en la Constitución de 1978, la misma que no ha votado ningún menor de 54 años, al famoso "El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de unidad y permanencia" del artículo 56. Esto es, que lo que se aprobó en referéndum y no nos dejáis cambiar, bendice nuestra argumentación envenenada y manipuladora.
La Carta Magna española es la viva imagen de un país que solloza su 28% de paro entre vinos y cañas, vermús y cafés. No es jocosa de por sí, aunque aderezada con la voz de su padre Manuel Fraga podría ser desternillante, pero incluye inocentes contradicciones, sal para nuestras heridas. España se define como un Estado de Derecho en el que la Justicia ha de ser igual para todos sus ciudadanos. Sin embargo, al husmear, uno se encuentra con que "La figura del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad". Las cuentas no cuadran; se les olvidó llevar una.
Deja de sorprender, por lo tanto, que la fiscalía anticorrupción, se convierta, por un caso, en la defensa particular del acusado. Las reglas del Derecho, cambian según quien ocupe el banquillo.
Habrá quienes esperen otro 20 de noviembre, pero la voz de Arias Navarro -que, por cierto, fue otorgado el título de Marqués con Grandeza de España por don Juan Carlos- no dirá, esta vez, "españoles, el rey ha muerto". Entonces, nos quedan dos alternativas posibles: la de la siempre fiel barra del bar, los toros y la Roja; o la de paralizar la orden de desahucio, trasladar el derribo a la choza de caza de Felipe IV: "Somos nosotros, y no el régimen mismo, nosotros gente de la calle, del tres al cuarto y nada revolucionarios, quienes tenemos que decir a nuestros conciudadanos: ¡Españoles, vuestro estado no existe! ¡Reconstruidlo!
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