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viernes, 17 de enero de 2014

La revolución de las azadas

Nada de lo que en España ocurre puede entenderse. Ni la más metódica capacidad analítica sirve para explicar tales vaivenes, para esclarecer las causas de una sociedad tan desequilibrada que amenaza con descarrilar. Porque no, tampoco acertamos construyendo raíles. Intentamos cimentar la economía con una red ferroviaria que, en vez de llevarnos al auge, al boom, hizo explotar las arcas públicas. "Boom", ya no había dinero. 

El ejemplo es la Ley de Ferrocarriles Españoles de 1855: adjudicó la colosal obra a empresas foráneas que no invirtieron un solo centavo, se beneficiaron del carácter español, dadivoso y gentil, y se embolsaron beneficios millonarios, procedentes de los impuestos cobrados a los campesinos, por un encargo que dejaron a medio hacer. 
Se salva, si cabe, ese Puente de los Franceses -deduzcan el porqué de dicha denominación-, de laudable y glorioso recuerdo en la Batalla de la Ciudad Universitaria, en la que Durruti se nos despidió para siempre.

El impulsor, Francisco de Luxán, por entonces Ministro de Fomento, es el espejo donde parecen mirarse nuestros políticos. No es ninguna esperpéntica obra de Valle Inclán, sino la realidad misma. La certeza de que la Industrialización llegó tarde y se hizo mal. La certeza de que nadie quiere recuperar la materia suspendida.

Aquella apoteósica obra es aplicable a las ayudas PAC del siglo XXI. Los grandes beneficiarios son los mismos, quienes en esa época tenían por cortijo el Senado, reconvertido ahora a cementerio de elefantes, además de sus ingentes latifundios.
Ya sea Extremadura, Andalucía o Castilla-La Mancha que encontrarán tierras en situación de baldío, jornaleros muertos de hambre que solo varean olivos dos meses al año y agricultores "de salón, de sofá", como los define el rumano Dacian Ciolos.1 Aunque, más bien son la calaña de las desamortizaciones que 178 años después continúa heredando haciendas. Continúa jugando con el único sustento de las zonas rurales: el trabajo y el sudor. Lo que algunos, por desgracia, no conocerán en sus vidas heredadas.

La lista de "agricultores" es como una rueda de reconocimiento, el "¿quién es quién?" del famoseo mafioso. Va desde la insigne casa de Alba a la familia Domecq que Vicente Blasco Ibáñez2 denunció en su novela La bodega. Desde Mario Conde, carne de presidio por estafador y saqueador de pequeños accionistas, a los Mora-Figueroa, los del Marquesado de Taramón, los que explotan la distribución y el embotellado de Coca-Cola a sus vasallos, que se llevan casi 3,5 millones de euros. Desde la saga de los Benjumea, de gran tradición democrática, un ministro con Primo de Rivera -Rafael- y otro con Franco -Joaquín-, y que controla Abengoa; a la familia Botín, que recibe 300.000€ pese a que evade impuestos fuera de la UE. También aparecen los March, hijos del "último pirata del mediterráneo"3, que vendió primero armas a los rifeños sublevados contra el colonialismo español y financió, después, el golpe de estado de los militares africanistas. Por no olvidarnos de "los Albertos", tanto Cortina, hijo -¡cómo no!- de otro ministro de la dictadura, como su primo Alcocer, aficionados a los líos de faldas y situados en la lista Forbes de las 1000 fortunas mundiales gracias al ojo clínico a la hora de desposarse y a la burbuja inmobiliaria -¿les suenan Koplowitz y FCC?-.

Al mismo tiempo, con los grandes terratenientes, conviven la amplía mayoría de agricultores, ahogados por un mercado ultracompetitivo y la escasez de medidas que relancen el sector. Son ellos los que mantienen el sistema político europeo, puesto que los afortunados, que dejan sus fincas sin sembrar, gozan de todo tipo de deducciones tributarias, vía fundaciones o ingenierías fiscales de lo más minuciosas, concienzudas y por ende, efectivas. Sin embargo, la Unión Europea de los recortes del gasto y el austericidio anuncia, a bombo y platillo, ayudas agrarias que no son más que millonarios cheques regalo cortesía del contribuyente. Los adjudicatarios, no hace falta repetirlos. 

Si en la yerma España meridional es el cultivo, en el levante y las latitudes septentrionales, las tramas visten de especulación y corrupción urbanística. Por detrás, hilando fino, los mismos de siempre. Agricultura, finanzas, construcción; no importa: los nombres, el origen y las tácticas no varían. En Burgos, conocen bien los trucos de Méndez Pozo, editor, constructor, íntimo de Aznar, culpable de corrupción, indultado y "empresario de los que nos hacen falta" según Gregorio Marañón.4 Por ese orden. Gamonal ya se ha levantado contra un régimen oligárquico aprobado en urnas; contra el mal endémico de este país. Que el eco de Gamonal se extienda hasta los labradores; confiemos en el efecto guillotinador de las azadas. Que lo único de lo que nos arrepintamos sea irse antes que esas ratas.5

NOTAS:
1-Darian Ciolos: comisario europeo rumano, especialmente crítico con el programa de Políticas Agrarias Comunitarias.
2-Vicente Blasco Ibáñez: escritor, periodista y político republicano nacido en Valencia, fue una de las grandes figuras literarias españolas de finales del XIX y principios del XX. Es el autor de grandes obras como "El intruso", "La bodega", "Mare Nostrum", "Sangre y arena" o "Los cuatro jinetes del Apocalipsis"
3-Con ese sobrenombre conocía Francesc Cambó, fundador de la Liga Regionalista de Cataluña, a Juan March por su imponente control del transporte y el tráfico de armas en el Mediterráneo. 
4-Gregorio Marañón: nieto del sobresaliente médico y científico, es consejero y uno de los grandes accionistas del Grupo PRISA.
5-El enunciado final es una modificación de la mítica cita de Georges Dalton a punto de ser guillotinado: "De lo único que me arrepiento es de irme antes que esa rata de Robespierre".

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