Europa se despertó el domingo en medio de un delirium tremens1. Mitad por la resaca post-sábado noche, mitad por la resaca pre-elecciones europeas. En el computo global, podemos decir que Europa padece de síndrome de abstinencia: la abstención se situó en el 57%, y eso que es la primera vez que baja en los comicios europeos.
Cuando más de la mitad de la población tiene la posibilidad de elegir quien les representará en su máximo organismo supranacional y decide descartarla es que algo falla. Pueden incidir muchos factores: el descrédito de la casta política, la desesperanza ante una crisis asfixiante o la escasa importancia del Parlamento Europeo, siempre en manos del Consejo, o sea, siempre en manos del más poderoso; Alemania. Sea como fuere, la conclusión es una sola: con la abstención perdemos todos, pierde la democracia.
La sensación tras los resultados de las elecciones es que Europa ha vuelto a perder una oportunidad única de democratizarse. Los sufragios nunca habían tenido tanta trascendencia, puesto que por primera vez en la historia, los cinco grandes candidatos se habían plantado frente al Consejo Europeo, obligando a los Jefes de Estado a cumplir con lo pactado en el Tratado de Lisboa: el Presidente de la Comisión deberá ser decidido en función al resultado de las elecciones al Parlamento Europeo, y no por obra y gracia del espíritu santo germano.
El resultado arroja una derrota clara de los dos partidos mayoritarios, si bien los socialdemócratas han ganado varios escaños, y un aumento de las izquierdas en el sur de Europa. En cambio, la fuerza de los partidos alternativos de izquierda no ha logrado tanto impulso en Estrasburgo, principalmente, por sus peores resultados en los países del norte y del este. Por lo que, de nuevo nos quedamos con un sabor agridulce. ¿Qué escenario político nos hubiese dejado una mayor participación, teniendo en cuenta que sus votos no hubieran ido a parar a los dos grandes bloques europeos?
A grandes rasgos nada cambiará en la UE. El PPE aflojará sus tiránicas disposiciones al necesitar el apoyo de los socialistas para aprobarlas. Pero, en contraste con quien auguraba el fin del bipartidismo, éste se hará ahora mucho más peligroso: las dos agrupaciones están obligadas a entenderse, pues solo ellas podrán sacar adelante medidas que garanticen el europeísmo.
Volviendo a el fenómeno de la abstención, es comprensible la creciente masa neutra, sobre todo, en las naciones intervenidas, quienes más están sufriendo la crisis económica, política y social. En cambio, deben entender que ésa no es la solución a sus males, sino que los agrava aún más. En definitiva, renunciar al voto es renunciar a tus derechos, a tu poder de elección sobre tus gobernadores. Y no solo hacia ti mismo, la abstención es la más abyecta de las cobardías para con tus conciudadanos.
Tanto la derecha como la centro-izquierda son conscientes de que ellos aglutinan una gran parte del electorado "fiel", por llamarlo de alguna manera. Es decir, que serían los partidos de menor tirada los que abarcarían al votante indeciso que suele optar por abstenerse. Quizá sea ése el motivo que explica la inoperancia del sistema para hacer cambios que aseguren el correcto funcionamiento de la democracia, o dicho de otro modo, que el máximo porcentaje de votantes acude a las urnas el día de los comicios.
España o Portugal siguen la estela de los países del este de Europa, los que aún están integrándose en la Unión, y en democracia. Eslovaquia o la República Checa son el ejemplo, dónde más de una tercera parte de la población decidió inhibirse de su responsabilidad.
Por el contrario, los belgas nos enseñaron la otra cara de la moneda: el 90% del electorado fue un electorado activo, cifra récord en la UE. Bélgica no entiende el voto como un derecho, sino como una obligación. Y eso está estipulado por ley. Quizá ese sea el motivo que explica la eficacia de su sistema político.
NOTAS:
1-Delirium tremens: se conoce con ese nombre a la tercera fase del síndrome de abstinencia del alcohol, cabalmente, la más grave de todas.
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