1789. El mundo occidental está compuesto por diferentes pilares, misceláneos pero compatibles. La democracia ateniense, los principios morales católicos, la declaración de derechos británica, el liberalismo estadounidense, el derecho constitucional moderno -que sienta sus bases en el siglo XVIII- etc. Sin embargo, se antojaría imposible comprender con plenitud la historia y el desarrollo de nuestra civilización sin tener en cuenta los hechos acaecidos a partir de esa fecha: 1789.
La Revolución Francesa marca un antes y un después en la historia de Occidente. Si bien no concluye con el resultado esperado -sino con una ola de terror y el posterior régimen unipersonal de Napoleón Bonaparte-, ni consigue instaurar el liberalismo en Francia -durante el siglo XIX se sucederán las Restauraciones monárquicas y las Repúblicas-, sienta las bases tanto de la democracia como forma de gobierno, que alcanzará en el siglo XX su estabilidad, como del nuevo orden social, abandonando el sistema estamental para abrazar el clasismo con la burguesía como clase social dominante.
Así mismo, ese periodo histórico tan discutido dio lugar a un lema que todos los pueblos occidentales han acuñado como sinónimo de democracia, equidad y solidaridad: "liberté, egalité, fraternité". No obstante, esa consigna no es del todo cierta. De hecho, en su origen era un eslogan mucho más enérgico y osado: "liberté, egalité, fraternité ou la mort". Esa última parte fue suprimida posteriormente, puesto que evocaba reminiscencias de la cruenta época del Terror.
A lo largo del siglo XIX se sucedieron todo tipo de batallas en Europa entre los tiránicos regímenes monárquicos y los sistemas liberales y republicanos. Al igual que durante esa prolífica centuria, al menos en cuanto a progresos políticos y renovaciones filosóficas se refiere, en la Europa del XXI también se está dando una dura pugna entre el autoritarismo alemán y la libertad francesa. Entre esas dos fuerzas antagónicas existió una especie de consenso mientras Sarkozy fue el Presidente de la República Francesa. Cuando la izquierda socialista se coronó vencedora en las elecciones a la Presidencia de la República en 2012, ese pacto pareció peligrar. La confrontación estaba servida, y el resto de naciones europeas lo celebraba, ya que el probable equilibrio de fuerzas de ambas potencias podría desembocar en una política económica más justa, esto es, menos asfixiante para los países del sur de Europa.
La victoria de François Hollande prometía un nuevo rumbo en la política europea gala: animaría el chauvinista orgullo francés, herido por el pacto no escrito con su acérrima enemiga Alemania. Además, el flamante Presidente iniciaba su legislatura con paso firme y unas medidas rompedoras que garantizarían la estabilidad futura del país y no tolerarían
que la desigualdad creciera amenazando así la justicia social.
Apenas meses más tarde, a lo que al principio parecía un cambio de aires en Francia y la Unión Europea, empezaron a vérsele las costuras: los socialistas franceses no habían conseguido dotar al país vecino de fuerza suficiente ante sus socios europeos, sus medidas en los ámbitos económicos y sociales no habían tenido el éxito esperado y para colmo de todos sus males, los escándalos extraprofesionales desafiaban la salud del Ejecutivo Hollande. El cuento de hadas se había convertido en pesadilla. Las naciones del sur de Europa perdieron la esperanza en Francia, Merkel se afianzó como regente de Europa y los propios ciudadanos dieron la espalda tanto a su Gobierno como a la UE. Es más, en las inminentes elecciones al Parlamento Europeo, el Frente Popular de Marine Le Pen, un partido de ideales de extrema derecha, podría salir vencedor en Francia, un estado de tradición socialista. El mundo al revés.
El pasado 31 de marzo, un joven político de ascendencia española se convertía en Primer Ministro de Francia, tras haber ostentado anteriormente la cartera de Interior. Ante sí, una coyuntura apabullante en todos los aspectos. Manuel Valls, consciente del complicadísimo reto que se le avecina abogó por asumir su condición de inferioridad y sucumbir ante las políticas de austeridad germanas. Entre las medidas adoptadas, el nuevo jefe de gobierno pregoneó la reducción a la mitad de las regiones que componen el país: una apuesta segura que reforzaba el centralismo histórico galo. Poco después, Valls tuvo que anunciar un colosal recorte del gasto público de hasta 15.000 millones de euros. O lo que es lo mismo, la reticente Francia acababa aceptando políticas liberales contrarias a la igualdad y la justicia social que juraron defender cuando se hicieron cargo del Gobierno allá por 2012.
El paquete de medidas de ahorro promovido por el Gobierno no ha sido bien recibido por la ciudadanía. En especial, los funcionarios y empleados de empresas públicas se han manifestado con firmeza ante los recortes. El grueso de la población cada vez se muestra más desesperanzado y desconfía de la clase política, ya sea la derecha conservadora envuelta en escándalos de corrupción o ya sea la incapaz centro-izquierda socialista. El descontento ha agraviado la paz social francesa, ha provocado el auge del partido ultraderechista de Marine Le Pen y ha hecho crecer esponencialmente la abstención en un electorado tradicionalmente fiel a su cita con las urnas.
Pero, ni el haberse prosternado ante el sagrario austericida de Merkel, ni el haberse decantado por reducir el déficit público pueden aliviar su situación. Con su rebeldía anterior Francia ya ha hecho muchos enemigos, en la Eurozona, en las agencias de calificación o en el FMI donde, tras el mandato inconcluso de Strauss-Kahn, una rival ha ostentado la Presidencia, la ex-Ministra de Finanzas de Sarkozy, Christine Lagarde.
Rainer Voss, el arrepentido banquero y especialista en inversiones del Deutsche Bank, ya lo advierte en el documental "Master of universe" y en su reciente encuentro con el diario El País1: "Francia será la siguiente en caer en la Eurozona".
De momento, para evitar esa caída, Manuel Valls se ha olvidado de sus raíces. En vez de su histórico espíritu pródigo -"liberté, egalité, fraternité"-, ha apadrinado la muerte. Esperemos que Francia no muera, porque con ella, moriremos todos.
NOTAS:
1-Ésta es la entrevista que ofreció Rainer Voss al periódico El País. Dura, pero imperdible. http://cultura.elpais.com/cultura/2014/05/09/actualidad/1399652660_734955.html
Mosca cojonera en la red, mosca polémica. Dijo Baroja, "el nacionalismo se cura viajando y el carlismo leyendo". Desde qué lo escuché, viajo y leo. Lo llaman democracia y no lo es. Los artículos no están completos. Si están interesados en alguno, hagan clic en la pestaña "seguir leyendo". Así, me harán el favor de poder contabilizar las visitas en cada entrada.
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