No soporto las injusticias. Supongo que es una patología común, algo que compartimos todos los integrantes de nuestra sociedad. O al menos, ese pacífico 99% -en el que muchas veces no queremos incluirnos, ya sea a modo de distinción de la poco distinguida masa o por simple y despreciable egoísmo- que es ultrajado diariamente y sin oponer resistencia por el 1% restante de sus congéneres. De todos modos, pueden estar tranquilos, ya que hoy no he venido a analizar esa enfermedad rara que se extiende como las esporas en nuestra sociedad: la del inmovilismo apolítico.
Está bien, soy yo quien se ha inventado esa afección. Debe de ser la misma pedantería que me empuja a escribir semanalmente en este recóndito rincón de la red la que así mismo me incita a inventar palabras, y en el caso más insólito como éste, a imaginar -o tal vez descubrir- dolencias.
España es, de los países desarrollados, el que más enamorado está de la polémica. Será nuestro carácter lidiador, nuestra constante porfía contra lo desconocido, la inherente rebeldía de nuestro género, qué sé yo. La controversia y el español es una historia de amor fatal a la altura de los Capuletos y los Montescos. El fenómeno ha alcanzado tal magnitud que hasta ha creado una profesión: polemista.
En la raíz de la polémica se encuentra la injusticia. No es que se alimente de ella, va más allá: de la injusticia nace la polémica. Y después, la polémica se vuelve contra su creador de un modo ignominioso, hasta degradar completamente las búsqueda de justicia por la que nació. Podríamos decir que la polémica es una reacción instintiva ante cualquier atropello, solo que desordenada, violenta y, al igual que la propia iniquidad, carece de moralidad alguna.
De ahí procede el peor de los males de nuestra sociedad, el recientemente hallado inmovilismo apolítico. El español, polémico por naturaleza, no tolera esa injuria -en forma de injusticia-, pero tampoco la hace frente. O por vagancia, o por miedo, o por pesimismo, o por desesperanza, considera la polémica el único camino para poder aliviar su carga. Esto es, no soporta las injusticias, mas no hace nada por cambiarlas. El ejemplo típico de la barra de bar y las continuas quejas. El ejemplo práctico de las urnas vacías, participaciones electorales ínfimas y Rajoy en La Moncloa.
Hará un par de meses, con el polémico debate del aborto al rojo vivo, manifestaciones por doquier y el ministro Gallardón en tela de juicio, se produjo uno de esos momentos gloriosos de democracia. El feliz acontecimiento ocurrió cuando la diputada de EH Bildu Onintza Enbeita, una joven regordeta que no debe de tener demasiado que agradecer a su peluquera, subió al estrado para defender la causa de las mujeres deshonradas y despojadas de sus derechos por la restrictiva medida del Gobierno. Y una vez allí, con todo el hemiciclo pendiente de lo que iba a formular, soltó esa gloriosa frase que ya es historia viva del Congreso de los Diputados: "¡en mi coño y en mi moño mando yo!".
No pude evitar recordar aquel fantástico momento cuando la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, otra joven con carácter y un inequívoco parecido nasal a Belén Esteban, estalló de rabia y, en plena ira antisocialista, contestó a su tocaya Soraya Rodríguez adecuándose al registro que exige tal institución: "¡en mi puta vida he cobrado un sobre!".
Puestos a comparar, desde el prisma de la polémica, las declaraciones de la diputada abertzale levantaron muchas más ampollas que las de la popular. A la pobre Onintza se le machacó durante días en prensa escrita, digital y en las redes sociales. Se popularizó su frase y solo faltaron souvenirs conmemorando el memorable acontecimiento. Quizá porque aún no se había estrenado el taquillazo "Ocho apellidos vascos", o quizá por la apariencia física de la polifacética política. El acoso y derribo dirigido contra ella parecía uno de tantos casos de bullying que escandalizan a la sociedad: todos como rapaces contra la niña gorda y fea de la clase. Los polemistas, esos seres depravados y criticones -entre los que se incluye un servidor- acabaron de dar la puntilla.
De la salida de tono de la intocable vicepresidenta apenas se ha oído nada. Los tinteros de los polemistas, secos ;el humor perspicaz de los twitteros, apagado. Será por miedo a ser ajusticiados injustamente, no vayan a enaltecer el terrorismo en la red.
La diputada Enbeita quiso dar visibilidad a los pisoteados derechos de su sexo y salió apaleada. Sáenz de Santamaría pretendía algo bien distinto. Defenderse, si es posible defenderse, de unas acusaciones probadas por los informes de Bárcenas, y que sacan a la luz el más injusto de los chanchullos políticos de nuestro país. Cuando Soraya introducía en su argumentación esa muletilla de tan buen gusto, revelaba el despotismo del cínico ladrón que exige austeridad a sus víctimas, como si fueran vasallos. Soraya revelaba la prepotencia del poderoso que se sabe superior que sus vasallos. Por eso, detrás de ese "en mi puta vida" también está un "lo digo porque me da la puta gana, lo digo porque mandamos nosotros".
Eso es, precisamente, lo que la cínica ladrona, lo que la desvergonzada poderosa, le chillaría a Onintza Enbeita y, si hiciera falta, a todas las mujeres españolas. En vuestro coño y en vuestro moño, mandamos nosotros.
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