Languidecía el día o, mejor dicho, nacía otro, cuando decidí aprovechar mi tiempo en una de esas revitalizantes sesiones de cine francés. Aposté por el último estreno del maestro Robert Guèdiguian, y gané. Desde luego que no malgasté un solo segundo descubriendo esa magnífica obra, la totalmente recomendable "Las nieves del Kilimanjaro". No sé a santo de que viene contaros todo esto, pero por fin, tras varios días sin visitarme, la musa se me apareció. Hay ocasiones en los que una película te puede hacer reflexionar. La magia del cine reside en eso, al fin y al cabo. En otras, además, consigue que te identifiques con la historia, con sus personajes y su entorno. Y entonces extraes las mejores lecciones posibles.
Como os venía diciendo, el bueno de Guédiguian me dio que pensar. También el injusto comentario de que la actual generación de jóvenes "se ha acomodado y ya no pelea". Se nos desprestigia tildándonos de "aburguesados" y se nos achaca falta de "conciencia obrera". De estas afirmaciones lo primero que extraigo es una total carencia de conocimiento sobre la juventud actual y, segundo, sobre lo que algunos fantasmas definen como "conciencia obrera".
Si hoy en día la clase obrera no se organiza en su inmensa extensión, no es por falta de conciencia ni ninguna de esas sandeces. La caída del poderoso mundo comunista ha desembocado en una globalización que ha ido expandiendo el modelo libertario por todos los continentes del planeta, en algunos, por supuesto, en diferente medida. Y es que, nuestras generaciones más veteranas recibieron un legado sobre el que edificar un futuro más próspero. Los logros que otros consiguieron por ellos, en vez de ser cuidados como oro en paño, fueron utilizados con usura. Quienes tras muchos años de trabajo lograban ser propietarios, disfrutaban de pequeños vicios y lujos y podían salir al extranjero durante las vacaciones eran vistos como el modelo a seguir. Algo lógico y totalmente legítimo, pues cada cual busca defender sus intereses personales.
No obstante, se olvidaron de la primera regla de oro de la lucha obrera: "la unión hace la fuerza". Por lo que, aunque militaran en sindicatos o partidos de ideal socialista o comunista, el individualismo propio del modelo neoliberal se adueñó de sus acciones y principios. Se tragaron esos cebos de los que Marx avisó 150 años atrás. Las vacaciones pagadas, el salario mínimo, las bajas por enfermedad, el horario de trabajo reducido o las pensiones por jubilación y desempleo cambiaron de sentido: comenzaron a verse como un privilegio que usar y disfrutar, y no como derechos universales e intransferibles de cada trabajador.
Por ello y no por otro motivo, la clase obrera se resquebrajó hasta dejar de existir como tal: la unidad entre el individuo y el colectivo, entre lo personal y lo social, que Jaurès sostuvo tan brillantemente ya no cohabitaba en la misma moneda. Los más pobres, quienes mas sufren siempre la falta de medios, se cerraron en banda e impulsaron sus lazos morales y afectivos. Se unieron sí, pero en círculos cerrados, casi místicos, propios de la Edad de Piedra. Engañados durante siglos por clases más adineradas, se recogieron en los guetos, seña de identidad de su particular lucha, viniéndoles al dedo el dicho de "gato escaldado del agua fría huye". Las clases medias, esos "pequeños burgueses" atraídos por el confort de un vida plena en la que poder disfrutar de los dividendos que sus sacrificios dieron, se desmarcaron del cliché de obrero, empujados por el glamouroso afán de superioridad sobre el resto. Así, las clases más bajas envidiaban la comodidad de la nueva burguesía, hasta el punto de situarla en el primer lugar de su lista de enemigos.
En resumen, la negativa pérdida de esa conciencia de clase no se debe en ningún caso, a la escasa combatividad de las generaciones venideras, ya que éstas, quizás, sean tanto o más luchadoras que las de sus padres y abuelos.
Por muy decepcionante que sea, es un hecho que, por primera vez en la historia moderna, nuestra generación tendrá recursos económicos inferiores que la de nuestros antecesores. La única alternativa al declive es trabajar codo con codo para recuperar la colectividad perdida (y eso no se hace escuchando LCDM y callando ante nuestro portátil). Solo ella abrirá el candado que protege la posibilidad de reorganizar esta sociedad. Partiendo de una nueva moral, impulsando la solidaridad positiva, un nuevo orden social y económico es reto asequible. Eso sí, primero, tendremos que partir.
P.D.: Me repatea que todavía haya quien diga que el cambio no es factible. Imposible lo será cuando no tengamos coraje para afrontarlo, cuando se nos apague el valor. Por que, como dijo Jean Jaurès1, "el valor reside en saber dominar las equivocaciones, padecer por ellas, pero no sentirse agobiado y seguir adelante. El valor reside en amar la vida y contemplar la muerte con mirada tranquila; en ir hacia el ideal y en entender lo real".2
NOTAS:
1-Jean Jaurès fue un diputado socialista, partidario del Pacifismo Universalista, que fue asesinado antes de que la Primera Guerra Mundial estallara por defender sus ideas.
2-El fragmento que aparece en la postdata ha sido extraído del "Discurso a la Juventud" que como el blog Periodista Digital ( http://blogs.periodistadigital.com/cine-espiritual.php/) define, "es una perspectiva que resulta mucho más contemplativa que prágmatica, mas reconciliadora que militante, y, en definitiva, más resistente y espiritual que una revolución de las estructuras que no sólo no las ha cambiado sino que tampoco ha cambiado las personas".
En último lugar, les dejo aquí el fabuloso poema de Víctor Hugo, "La gente pobre", una de las mejores obras de la pluma francesa. Capaz de inspirar desde directores contrastados a jóvenes alumnos de la vida política.
I
Es de noche. La choza es pobre, aunque segura.Sombrío es su interior, mas algo se percibeque irradia entre las sombras de su oscuro crepúsculo.Redes de pescador cuelgan de sus paredes.Y al fondo, en un rincón, una vajilla humilde,encima de un arcón, destella vagamente,y una gran cama adviértese, echadas sus cortinas.Cerca, un colchón se extiende sobre unos viejos bancos,y cinco niños sueñan en él como en un nidode almas. El hogar donde unas llamas velanalumbra el techo oscuro, y una mujer, de hinojos,la frente sobre el lecho, reza y piensa, agitada.Es su madre. Está sola. Blanco de espuma, afuera,contra el viento, las rocas, las sombras y la bruma,el torvo Océano lanza sus oscuros sollozos.
II
Su hombre está en el mar. Marino desde niño,contra el siniestro azar libra una gran batalla.Llueva o truene, sin falta ha de salir él siempre,pues las criaturas tienen hambre. Al atardecerparte cuando las aguas profundas van subiendo,del dique, los peldaños.La mujer quedó en casa cosiendo viejas telas,remendando las redes, cuidando los anzuelos,ante el hogar velando la sopa de pescado,y a Dios luego rezando cuando los niños duermen.Él, solo, combatido del mar, cambiante siempre,se adentra en sus abismos y se pierde en la noche.¡Qué esfuerzo! Todo es negro y frío, nada luce.En los rompientes, entre las delirantes olas,el buen banco de pesca y, sobre el mar inmenso,el lugar móvil, negro, cambiante y caprichoso,tan querido a los peces de aletas plateadas,no es más que un punto sólo, grande como dos chozas.Mas, de noche, en diciembre, con niebla y aguacero,para encontrar tal punto sobre el desierto inquieto¡cómo hay que calcular el viento y la marea,y combinar con tino todas las maniobras!Bordéanlo las olas como culebras verdes;el mar tuerce y se encrespa sus pliegues desmedidos,y hace gemir de horror los pobres aparejos.Sueña él con su Jeannie, solo en el mar helado,y ésta, llorando, llámalo, y entrambos pensamientosse cruzan en la noche cual dos divinos pájaros.
III
Ella reza, y la alondra con su burlón graznidoimportúnale, y entre escollos derruidosle aterra el Océano, y mil distintas sombrassu espíritu atraviesan, de mar y marinerosllevados por la cólera furiosa de las olas;y mientras, en su caja, cual sangre en las arterias,el frío reloj late, vertiendo en el misterioel tiempo gota a gota, inviernos, primaveras,las varias estaciones; y estas palpitacionesabren para las almas, y a modo de bandadasde azores y palomas, por un lado, las cunas;(las tumbas por el otro.
Ella medita y sueña: —“¡Oh Dios, cuánta pobreza!”Sus hijos van descalzos en invierno y verano.No comen pan de trigo, sólo pan de cebada.¡Oh Dios, el viento ruge como un fuelle de fragua!El mar bate en la costa como si fuera un yunque,y las estrellas huyen entre el negro huracáncomo un turbión de chispas por una chimenea.
Es ya la medianoche, la hora en la que éstacomo jovial danzante ríe y jugueteabajo antifaz de raso que iluminan sus ojos;la hora en que medianoche, bandido misterioso,de sombra y lluvia lleno y su frente en el cierzo,toma a un pobre marino tembloroso y lo estrellacontra espantosas rocas que aparecen de pronto.¡Qué horror!, el hombre cuyos gritos el mar sofoca,siente ceder y hundirse la barca en que naufraga,y mientras siente abrirse las sombras y el abismobajo sus pies, ¡aún sueña con esa vieja argollade hierro, de su muelle, bañado por el sol!
Estas tristes visiones su corazón conturban,negro como la noche. Y ella tiembla y solloza.
IV
¡Oh la pobre mujer del pescador! Qué horriblees tener que decirse: —“Todo cuanto yo tengo,hermano, padre, amante, mis hijos más queridos,el alma de mi alma, están en ese caosperdidos, mi corazón, la carne de mi carne.”¡Ser presa de las olas es serlo de las bestias!Pensar —¡Cielos!— que el agua juegue con sus cabezas,desde el hijo, grumete, al marido, patrón,y que el viento soplando por sus trompas horriblessobre ellos desate su larga y loca trenza,y tal vez a esta hora se encuentren en peligro,sin que saber podamos lo que están ahora haciendomás que para enfrentarse a ese abismo sin fondo,a esas oscuras simas donde no hay ni una estrella,¡tienen sólo una plancha con un poco de tela!¡Terrible angustia! Corren todas sobre las rocas.Las olas suben; háblanles, grítanles: —“Devolvédnoslos”.Mas ¡ay! qué es lo que puede decirse al pensamientodel mar, siempre sombrío, y siempre trastornado!
Jeannie está aún más triste. ¡Su esposo está allá solo!,en esta áspera noche, bajo el frío sudario,sin ayuda. Sus hijos son aún pequeños. Madre,dices: “¡Si fueran grandes! ¡Qué solo está!” ¡Quimeras!Mañana, cuando partan ya acompañando al padredirás entre sollozos: “¡Oh, si aún pequeños fueran!”
VToma ella su linterna y su capote. Es la horade ir a ver si regresa y si la mar mejora,si ya es de día y el mástil muestra su gallardete.¡Vamos! De casa sale. La brisa matutinano sopla aún. No hay nada. No está esa línea blancaen el confín en donde se aclaran las tinieblas.Llueve. Oh, qué siniestra la lluvia, de mañana.Parece que el día tiembla, que está incierto y dudoso,y que al igual que un niño, llora al nacer el alba.Sale. No hay luz alguna en ninguna ventana.
De repente, a sus ojos que buscan el camino,con una rara mezcla de lúgubre y de humanauna pobre casucha, decrépita, aparece,sin luz ni fuego alguno; su puerta bate el viento;sobre sus viejos muros hay un techo oscilante,y el cierzo en él retuerce repugnantes rastrojos,sucios y amarillentos como un río revuelto.
“¡Vaya!”, no me acordaba de esta pobre viuda—se dice—; mi marido la encontró el otro díaenferma y solitaria; voy a ver cómo anda”.
Golpea ella la puerta; escucha, no hay respuesta,y Jeannie bajo el viento del mar tirita y tiembla.“¡Enferma! ¡Y sus hijos andan tan mal nutridos!…No tiene más que dos, pero está sin marido”.Golpea otra vez la puerta. “¡Eh, vecina, vecina!”Pero la casa calla. “Oh Dios —se dice inquieta—,¡cómo duerme que no oye ni aun tras llamar tanto!”Pero esta vez la puerta, como si de repentelos objetos sintieran una piedad suprema,triste, giró en la sombra y abrióse por sí misma.
VIEntró, y su linterna iluminó la negraestancia muda al borde de las rugientes olas.Como por un cedazo caía agua del techo.
Yacía al fondo echada una terrible forma;una mujer inmóvil, descalza y boca arriba,con la mirada oscura y un espantoso aspecto,un cadáver; —un tiempo madre jovial y fuerte—;el desgreñado aspecto de la miseria muerta;los despojos del pobre tras su tenaz combate.Pender dejaba ella un frío y yerto brazocon su mano ya verde, en medio de la paja,y brotaba el horror de aquella boca abiertapor la que alma, huyendo, siniestra, había lanzado¡el grito de la muerte que oye la eternidad!Cerca donde yacía la madre de familia,dos niños muy pequeños, un varón y una hembra,en una misma cuna sonreían en sueños.
Sintiéndose morir, su madre habíales puestosobre sus pies su manto, sus ropas sobre el cuerpo,para que en esa sombra que nos deja la muerte,no hubieran de sentir perderse la tibieza,y así calor tuvieran en tanto que frío ella.
VII
¡Cómo duermen los dos en esa pobre cuna!Su aliento es apacible y sus frentes serenas,cual si no hubiera nada capaz de despertarlos,ni siquiera las trompas del Juicio Final,pues que, inocentes siendo, a juez ninguno temen.
La lluvia ruge afuera cual si fuera un diluvio.Del techo, a veces, cae con las rachas del vientouna gota de lluvia sobre esa frente yertay corre por su rostro cual si fuera una lágrima.Las olas suenan como la campana de alarma.La muerta oye la sombra con expresión absorta.
El cuerpo, cuando el radiante espíritu lo dejó,En el aire busca el alma y recordar el ángel;Parece que entendamos este diálogo extrañoEntre la boca pálida y la mirada triste y ojeroso:- ¿Qué has hecho con tu aliento? - Y tú, en tus ojos?
¡Ay! amar, vivir, tomar las primaveras, Bailar, reír, grabar sus corazones, vacía su vaso. Como pasa todo el flujo oscuro océano, El destino da sentido a la fiesta, en la cuna, Adorar a las madres que cumplen la infancia, Los besos de la carne cuya alma está deslumbrado, Canciones, la sonrisa, el amor fresco y hermoso, El enfriamiento de la tumba sombría!
VIIIPero Jeannie ¿qué ha hecho en casa de la muerta?Bajo su amplia capa ¿qué es lo que ella se lleva?¿Qué es lo que transporta al salir de la puerta?¿Por qué su pecho late? ¿Por qué apresura el paso?¿Por qué así, vacilante, entre las callejuelascorre sin atreverse a volver la cabeza?¿Qué es, pues, lo que ella oculta con un aire turbadoentre su lecho en sombras? ¿Qué puede haber robado?
IX
Cuando ella entró en su casa, las rocas de la costablanqueaban ya. Una silla puso junto a su cama,y se sentó muy pálida, cual si un remordimientola abatiese. Su frente puso en la cabeceray, por unos instantes, con voz entrecortadahabló mientras que lejos, ronca, la mar bramaba.
“—¡Pobre hombre, Dios mío! ¿Qué va a decir? ¡Ya tienetantas preocupaciones! ¿Cómo pudo ocurrírseme?¡Cinco niños a cuestas! ¡Y trabajando tanto!…¿No habían bastantes penas, y ahora voy a darleotra más?… —Oh, ¿es él? No, aún no. Hice mal.Diré, si me golpea: Tienes razón. ¿Es él?Aún no. Mejor. La puerta tiembla como si alguienentrara. Pero no. ¡Pobre hombre!, oírque regresa él ahora ¿es que va a darme miedo?”Luego Jeannie quedóse temblando y pensativa,cada vez más hundiéndose en una angustia íntima,perdida entre sus cuitas igual que en un abismo,sin escuchar siquiera los ruidos exteriores,los negros cormoranes volando vocingleros,las olas, la marea, la cólera del viento.
Ruidosa y clara abrióse la puerta de repente,dejando un blanco rayo entrar en la cabaña,y el pescador, alegre, con sus chorreantes redesen el umbral mostróse, y “Así es la mar”, le dice.
X
Jeannie gritó: “¡Eres tú!”, y fuerte contra el pechoestrechó a su marido cual si fuera un amante,y besó su chaqueta arrebatadamenteen tanto que él decía: “¡Aquí estoy ya, mujer!”,y mostraba en su frente, que el fuego esclarecía,su alma franca y buena que Jeannie iluminaba.“—Me han robado —le dice—; el mar es una selva.”“—¿Qué tiempo ha hecho? —Duro. —¿Y la pesca? —Muy mala.Pero mira: te abrazo, y ya me siento a gusto.No pude pescar nada, y destrocé las redes.El diablo andaba oculto en el viento que aullaba.¡Qué noche! Hubo un momento que creí entre el estruendoque el barco se volcaba, y se rompió la amarra.Pero dime, ¿qué has hecho tú durante este tiempo?”Ella sintió en la sombra un estremecimiento.“—¿Quién, yo? ¡Dios mío!, nada, lo que suelo hacer siempre.Coser y oír rugir el mar como un gran trueno.Tuve miedo”. “—El invierno es duro, mas da igual”.Luego, temblando como quien se ha portado mal,“—A propósito… —dijo—, nuestra vecina ha muerto.Ayer debió morir, en fin, ya poco importa,al caer el sol, después que partiérais vosotros.Dos niños deja ella, muy pequeños aún.Se llama uno Guillaume, y la otra Madelaine;él todavía no anda, la niña apenas habla.Esa buena mujer vivía en la miseria”.
Cobró él un grave aspecto, y echando en un rincónsu gorro de forzado, mojado por las olas,“—¡Diablos! —dijo— rascándose, absorto, la cabeza.Teníamos cinco niños, con éstos serán siete.Ya alguna noche, a veces, sin cenar nos quedábamoslos meses del invierno. ¿Cómo haremos ahora?Bueno, no es culpa mía. Eso es tan sólo asuntode Dios. Aun así, es un grave accidente.¿Por qué habría de llevarse a esa pobre mujer?¡Qué cuestión tan difícil! ¡Mucho mayor que un puño!Para entender todo esto, hay que tener estudios.¡Criaturas!, tan pequeños no podrán trabajar.Mujer, vete a buscarles, pues si se han despertado,estarán asustados de estar junto a un cadáver.Es su madre ¿no ves?, que llama a nuestra puerta;abrámosla a esos niños. Vivirán con los nuestros.A todos los tendremos, de noche, en las rodillas.Vivirán como hermanos de nuestros cinco hijos.Cuando vea el Señor que hay que buscar comidapara esos nuevos niños junto a los que tenemos,para esa pequeñina y para su hermanito,Él hará que cojamos más abundante pesca.Beberé sólo agua y haré doble trabajo.He dicho. Ve a buscarles. Mas, ¿qué tienes? ¿Qué pasa?Tú sueles hacer siempre las cosas más deprisa.
“—Mira, aquí están”, le dice, abriendo las cortinas.
"(...) la clase obrera se resquebrajó hasta dejar de existir como tal: la unidad entre el individuo y el colectivo, entre lo personal y lo social (...)"
ResponderEliminarEs la descripción más razonable de `lucha obrera´q he escuchado hasta ahora....... será q no leo lo suficiente, o q los obreros no se suelen explicar..... Enhorabuena y ánimo con el blog,
Arantza (@aransadevi)
Muchísimas gracias, de verás. La verdad es que existe mucha ambigüedad entorno a este término. Hay quien cree que el comunismo, en sí, significa que todo es de todos, pero eso es no así, pues en ningún momento va en contra de la propiedad privada de ciertos bienes. La lucha obrera bien direccionada y con sentido no supone necesariamente la introducción de un modelo comunista, es así como pienso ya que estoy bastante en contra del autoritarismo comunista, sino la colaboración y colectivización de todos los trabajadores en torno a un reto común, el de mejorar y defender los derechos que creen suyos. Sin embargo, esto debe de venir de la mano de un espacio individual y personal respetado y propicio, debido a que, como es lógico, los intereses personales son de enorme importancia y en la mayoría de casos están por encima de los intereses comunes. Aún así, eso no significa que para lograr mi bienestar personal haya de ir en contra del bien colectivo, falacia demagogica que algunos comunistillas han utilizado para defender las acciones violentas e innumerables que su ideología ha llevado cabo.
ResponderEliminarEspero que hayas entendido mi punto de vista, un abrazo Arantza:)
De nada, es un placer.
EliminarSí, sí, muchas veces la "revolución" se asocia a ello, y siempre he creído q entre tanto colectivo se me perderían los ideales. Yo me limitaré a fabricar la revolución individual y a esperar la colectiva, a tener una identidad social (aunq todavía no la he encontrado) pero siendo fiel a mis principios individuales, a salirme del camino establecido buscando alternativas en base a lo q me gusta de la sociedad y a lo q no, dándome cuenta de q el cambio empieza en mí mediante la crítica constructiva y la autocrítica.......Y lo q tenga q cambiar cambiará, sin q se me pierda ningún ideal entre tanta `revolución´.......
De nuevo, de nada, es un placer, muxu, Arantza.
En demasiadas ocasiones hay quien prefiere ser una oveja del rebaño que una oveja negra, y para ello sacrifica sus ideales y principios para formar parte de la masa, esa colectividad de la que hemos hablado. Está claro que nuestra sociedad es una sociedad enferma que necesita urgentemente un cambio, pero ese cambio es más espiritual que ideológico, más Jaures, más pacifismo universalista que socialista. Ello permite a cada cual evolucionar personalmente y epistemologicamente descubriendo que ideas del imaginario colectivo pretende hacer propias, pero siempre siendo solidario y luchando junto a quien piense distinto a él.
ResponderEliminarMe quedo con esta frase: "(...) luchando junto a quien piense distinto a él."
ResponderEliminarArantza
Hombre al fin y al cabo, es el mestizaje el que da riqueza cultural e ideologica a una sociedad, por lo tanto, no seria conveniente que todos pensaramos del mismo modo, que el colectivo fuera uniforme, ya que no se enriqueceria con ideas novedosas. No obstante, esto no quiere decir que por ello debamos odiarnos y enfrentarnos, sino que puede suponer un punto de partida en nuestra relacion a la hora de juntarnos y luchar por un bien comun, que en este caso, deberia ser el de edificar y construir una sociedad y un sistema socio-economico mas equitativo y justo.
ResponderEliminaraisssss....ojalá todo el mundo pensara como tú...........
EliminarCon esto no te quiero decir que el odio no forme parte de ( mi vida, ni que yo apruebe los pensamientos de todo el mundo. Por ejempolo, no seria capaz de defender mis derechos junto a un fiel liberal, a un machista o a un partidario del regimen franquista. Pero si que creo en la unidad de todos los pensamientos "centro-izquierdistas" que esten edificados en la libertad, la igualdad y la fraternidad.
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